201705.29
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La Justicia en ‘El Cuento de la Criada’: una advertencia sobre el Estado policial

Por Daniel Amelang, abogado

La plataforma Hulu acaba de poner de moda la novela ‘El Cuento de la Criada’, de Margaret Atwood, al adaptarla a una (por ahora) sobresaliente serie, encabezada por Elisabeth Moss (Peggy Olson de Mad Men). Su premisa es la siguiente: en un futuro cercano en el que la fertilidad de los seres humanos se encuentra a un nivel paupérrimo y la contaminación, la radioactividad y el calentamiento global asolan nuestro planeta, el terrorismo (presuntamente islamista) se utiliza como coartada para suspender la Constitución de EEUU y todos los derechos civiles, disolver el Congreso, suprimir la libertad de prensa y cualquier derecho de las mujeres y fundar la República teocrática de Gilead, gobernada por Comandantes.  Las mujeres, a las que se les prohíbe leer, tener cualquier acceso a la cultura y poseer propiedades se ven reducidas a meros en objetos: las fértiles son máquinas reproductoras destinadas a dar hijos a los Comandantes en bizarras ceremonias religiosas de apareamiento y las estériles sirven como criadas en sus hogares.

La vida futurista que nos retrata Atwood es triste, solitaria y desesperanzadora. Y, a diferencia de lo que se dice en algunos blogs seriófilos, no se trata de una realidad tan alejada de la nuestra. Uno de los grandes aciertos de la serie es mostrarnos a través de flashbacks cómo se podría llegar a esta situación de una forma convincente y realista. Y se nos pone la carne de gallina al ver que las paulatinas restricciones a los derechos y libertades de las mujeres se van tolerando hasta conformar el infernal ordenamiento jurídico de Gilead.

Vaya por delante que juzgar ‘El Cuento de la Criada’, ‘1984’ y otras distopías en función de su realismo o de lo acertadas que fueron sus predicciones significa no entender el mensaje de la obra. A quienes escriben sobre el futuro con pesimismo se les suele criticar por las mismas razones que a quienes lo hacen sobre utopías: sus personajes suelen ser unidimensionales, simples y sencillos. Y, por ello, poco realistas, lo cual afecta inevitablemente a la calidad de su trabajo. Pero Orwell ya dejó claro que nunca pretendió que ‘1984’ se convirtiera en una profecía auto-realizada, sino lo contrario: creó la figura Gran Hermano para intentar evitar que existiera alguna vez, y la mejor forma de hacerlo es diseñando un mito, no un personaje complejo y repleto de contradicciones. Atwood, por su parte, asegura que durante la Segunda Guerra Mundial descubrió que cualquier cosa puede ocurrir, y que quizás lo que ocurre en su obra no suceda, “pero no podemos contar con ello de forma segura”.

En cualquier caso, ya he dicho que la falta de realismo no es un problema que aqueja a ‘El Cuento de la Criada’. Es fácil encontrar ecos del presente en la República de Gilead, empezando por la restricción de derechos y el abuso de poder que se utiliza para llegar a ese estado. “Un régimen de derechas en el que las mujeres no tienen derechos. No sé si os podréis imaginar una situación así. Intentadlo”, dijo en tono de broma Moss (la actriz protagonista de la serie) en el programa de televisión de Stephen Colbert a finales de abril, refiriéndose al gobierno de la Administración Trump.

Un ejemplo de su realismo: uno de esos flashbacks nos lleva al momento en que se suspende la Constitución “tras los atentados” (uno de los cuales acabó con la vida del Presidente). Es inevitable revocar el estado de emergencia decretado en Francia tras los terribles ataques de París y al incremento de poderes al Ejecutivo y a la Policía (autorizada incluso a efectuar registros sin autorización judicial) que lo siguieron. Evidentemente, no es igual que lo que ocurre en la serie, pero por algo se empieza.

Los Comandantes de Gilead siempre hablan de que tomaron los pasos necesarios para asegurar la reproducción de la especie humana y la reducción de emisiones contaminantes. Así, justifican siempre los terribles actos que cometen, los cuales sufre Offred, o Defred en castellano (llamada así porque es “De Fred”, es decir, propiedad de un Comandante llamado Fred), a lo largo de toda la serie. Pero quizás el momento en el que el abuso queda más patente en la misma, al mostrarse desnudo, sin maquillaje, es en la escena del juicio.

Escena de la serie, obtenida de ‘The Independent’

No pretendo hacer ningún spoiler, por lo que no contaré a quién juzgan, ni por qué. Simplemente me limitaré a decir que a unas personas son acusadas de vulnerar un determinado pasaje de la Biblia (Romanos 1:26), por lo que se las lleva a juicio. Una vez en la Sala, el juez lee en voz alta la acusación y le pregunta al Fiscal “¿Jura usted que lo que aparece en el escrito de acusación y la información aportada por la policía son ciertas?”. El Fiscal responde afirmativamente. Acto seguido, sin dar turno de palabra a las acusadas, las condena. Tampoco diré en qué consisten sus penas, pero son verdaderamente terribles.

Esta escena es la manifestación más cruda de lo que es un Estado policial, en el que a un individuo se le condena porque la policía dice que ha hecho algo, sin otorgar ningún valor a las manifestaciones de descargo de la persona denunciada.

Es evidente que no hemos llegado a ese punto, pero haríamos bien en recordar que las últimas reformas en materia sancionadora en nuestro país han reforzado a la policía y a las figuras revestidas del concepto de autoridad. La Ley de Seguridad Ciudadana (conocida como Ley Mordaza) y el Código Penal tipifican, sin que exista un consenso social mayoritario en torno a su oportunidad, delitos como el atentado a la autoridad y la resistencia a la autoridad, e infracciones como la falta de respeto a la autoridad y la desobediencia a la autoridad. Esto resulta en una hiperprotección propia de un Estado autoritario.

Además del blindaje de aquéllos que ostentan la condición de autoridad, la Ley Mordaza establece que su versión de los hechos gozará de presunción de veracidad, en detrimento de la presunción de inocencia de la persona a la que denuncien. Así, el artículo 19 de esta Ley (Ley Orgánica 4/2015) establece que “el acta [redactado por los agentes] que se extienda gozará de presunción de veracidad de los hechos en ella consignados, salvo prueba en contrario”. En idéntico sentido, el artículo 77.5 de la Ley 39/2015 determina que “los documentos formalizados por los funcionarios a los que se reconoce la condición de autoridad […] harán prueba de éstos salvo que se acredite lo contrario”. En otras palabras, una persona denunciada por un agente de la autoridad será considerada culpable, salvo que cuente con alguna prueba que acredite su inocencia.

Debemos andarnos con ojo con la tendencia expansiva de los procedimientos sancionadores, en los que la Administración es juez y parte y del incremento del poder policial. Un artículo de Marta Borraz y Raúl Sánchez publicado en ElDiario.es asegura que “la policía multa con la Ley Mordaza a más de 1.200 personas al mes por faltas de respeto a los agentes” desde su entrada en vigor el 1 de julio de 2015. 41 al día. Basta con que, al igual que ocurre en ‘El Cuento de la Criada’ el agente denunciante se ratifique en su denuncia para que se considere prueba de cargo. Una barbaridad.

Cuando Margaret Atwood escribió la novela comprendía la importancia de los procesos justos frente a los de un Estado policial. Para describir las leyes procesales de ‘El Cuento de la Criada’ se inspiró en los procedimientos inquisitoriales de las cazas de brujas en la sociedad puritana europea que había emigrado a Norteamérica. No en vano, el libro está dedicado a Mary Webster y Perry Miller. La primera fue una residente del Massachusetts del siglo XVII que fue condenada por brujería y ahorcada de un árbol, del cual permaneció colgando durante toda una noche, sobreviviendo, hasta que la bajaron a la mañana siguiente y vivió durante catorce años más. La autora le llamaba “Half-hanged Mary” y le dedicó un poema. El segundo fue un profesor universitario que dio clase a Atwood y estaba especializado en puritanismo y en juicios por brujería.

La advertencia de la serie y de la novela es clara: el feminismo es necesario. Queda mucho por hacer y no se puede dar nada, ni ningún derecho, por garantizado. Cada capítulo termina con una canción que nos lo recuerda: “Don’t You (Forget About Me)” de Simple Minds, “Waiting for Something” de Jay Reatard, “Perpetuum Mobile” de Penguin Cafe Orchestra, entre otras. Destaca “You don’t own me”, escrita por Lesley Gore en 1963, que aparece al final del segundo episodio y resuena a la perfección con la situación de Defred:

No te pertenezco.

No me digas que no puedo ir con otros chicos.

No me digas lo que tengo que hacer.

No me digas lo que tengo que decir”.

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