201701.17
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El Golem antiterrorista

Por Eduardo Gómez Cuadrado, para CTXT

Existe una antigua leyenda judía del siglo XVI en la que el ilustre rabino, Judah Loew ben Bezalel, conocido como el Maharal de Praga, decide crear un gigante de barro para proteger el barrio judío de dicha ciudad. Dotado de vida por la magia de la Cábala, este gigante no tarda en salirse del control de su creador y acaba por provocar la práctica destrucción del barrio que había sido llamado a proteger, y ello por su incapacidad de llevar a cabo de manera proporcional las órdenes que se le daban. Era fuerte, pero no inteligente, y ejecutaba las instrucciones de un modo literal, sin cuestionamiento alguno.

En una ocasión, asegura la leyenda, la esposa del rabino le pidió al Golem que fuera “al río a sacar agua”, cosa que este ejecutó de manera obediente, sistemática y al pie de la letra. Fue al río y comenzó a vaciarlo hasta el punto de que terminó por inundar la ciudad.

Con la aplicación de nuestra legislación antiterrorista está ocurriendo un poco lo mismo, se está vaciando el río de la libertad para inundarnos de seguridad.

Lamentablemente 2016 ha sido un año en el que el terrorismo yihadista ha golpeado en varias ocasiones, y con dureza, en muchos países, algunos muy cercanos al nuestro (Bélgica, Francia, Alemania, Turquía…). Un año antes, a mediados de 2015, entraba en vigor la reforma penal en materia de lucha antiterrorista, cuyo objetivo declarado era precisamente “la actualización de la normativa para dar cabida al fenómeno del terrorismo individual y a las conductas que constituyen la principal preocupación de la comunidad internacional”,con expresa referencia a dicho terrorismo de inspiración islamista.

Con esta reforma se abandonaba en nuestra legislación la respuesta penal clásica al terrorismo, la cual se articulaba en la sanción de quienes pertenecían, actuaban al servicio o colaboraban con organizaciones o grupos terroristas, y se incluía el elemento finalístico, es decir, el objetivo al que se pretende que está destinada la acción delictiva como determinante para calificar los delitos como terroristas. Con la actual legislación, cualquier delito grave que se considere que está destinado a subvertir el orden constitucional, alterar gravemente la paz pública o provocar un estado de terror en parte de la población puede ser considerado delito de terrorismo.

EL CONCEPTO DE TERRORISMO SE DESDIBUJA Y SE DEJA AL ALBUR DE LAS SIEMPRE CUESTIONABLES, Y A VECES INTERESADAS, INTERPRETACIONES POLICIALES Y JUDICIALES

Con semejante construcción legislativa es evidente que el concepto de terrorismo se desdibuja y se deja al albur de las siempre cuestionables, y a veces interesadas, interpretaciones policiales y judiciales.

Se introduce también de esta manera, sin tapujos, el denominado “derecho penal del enemigo”, por el cual se sanciona no tanto por el hecho cometido sino por la condición del que lo comete. Así, se puede dar la circunstancia de que el incendio de una sucursal bancaria sea considerado terrorismo sólo si lo comete, por ejemplo, un anarquista, pero no si lo lleva a cabo un jubilado afectado por la venta de preferentes.

Durante el año pasado hemos visto desfilar por la Audiencia Nacional a cantantes, políticos, humoristas, poetas y ciudadanos de toda condición acusados de delitos de terrorismo por el mero hecho de haber lanzado algún tipo de mensaje, sarcástico o no, en alguna de las redes sociales más famosas. No debemos olvidar que acusaciones como las de “humillación a las víctimas del terrorismo” o “enaltecimiento del terrorismo” son delitos que están contemplados en nuestro Código Penal como de carácter terrorista, y como tal son tramitados y juzgados en la Audiencia Nacional. Sin duda un tuit puede ser muchas cosas, incluso delito, pero sinceramente se  hace muy difícil asimilarlo a una “bomba lapa”.

Hemos visto también titiriteros encarcelados por hacer cortocircuitar con su espectáculo, en esperanto, la adusta mente del juez de guardia de la muy Nacional Audiencia. Peleas entre parroquianos de taberna que han terminado también en el módulo de preventivos de Soto del Real, acusados de querer acabar con el orden constitucional a bofetadas. Decenas de anarquistas detenidos, algunos encarcelados, sin más pruebas que pintadas en las paredes o tenencia de libros “contra la democracia”. Humoristas citados a declarar para explicar chistes o concejales cuyas posaderas han acabado en el banquillo de los acusados por su participación en debates sobre la libertad de expresión. Todo esto y mucho más es lo que permite la estructura legal pretendidamente elaborada para protegernos del terror.

SOLO EN 2015 LA AUDIENCIA NACIONAL DICTÓ CINCO VECES MÁS SENTENCIAS POR DELITOS DE ENALTECIMIENTO QUE HACE CUATRO AÑOS, CUANDO LA BANDA TERRORISTA ETA DEJÓ LA LUCHA ARMADA

Solo en 2015 la Audiencia Nacional dictó cinco veces más sentencias por delitos de enaltecimiento que hace cuatro años, cuando la banda terrorista ETA dejó la lucha armada. Ello denota ya una clara tendencia judicial que no responde a un repunte de este tipo de conductas sino a un celo, muchas veces excesivo, de perseguir las mismas, cuando en realidad muchos de esos casos, que suelen coincidir con los más mediáticos, nunca deberían ni siquiera haber llegado a los tribunales.

No en vano muchos medios de comunicación han hecho caja al calor de esos casos que en un primer momento han elevado al altar de la primera plana, y cuyo fuego han mantenido a fuerza de avivar la polémica entre ciudadanos, partidos políticos y gobiernos de distintas administraciones, pero que finalmente han acabado en sobreseimientos o absoluciones judiciales mucho menos glamurosas, o al menos no tanto como para llenar las portadas que antes copaban en esos mismos medios. No podemos obviar el hecho de que muchas veces el propio procedimiento, y la picota pública, es en sí mismo la condena con independencia de la resolución judicial que le ponga fin. Hay personas que han perdido el cargo, el trabajo o la consideración social por el mero hecho de ser llamadas a declarar por un presunto delito de terrorismo que luego quedó en nada.

España es un país fuertemente golpeado por el terrorismo, de eso no hay duda, y puede que precisamente por eso la opinión pública haya “relajado” la percepción de la necesidad de tener una idea nítida de lo que constituye este tipo de conductas. “Relajación” que el legislador ha aprovechado para deformar su concepto hasta hacerlo irreconocible, y paradójicamente permitiendo con ello que los jueces puedan hacer una interpretación tan amplia como peligrosa de lo que se considera terrorismo y lo que no.

ES UN ERROR Y UNA FALTA DE RESPETO CONFUNDIR TERRORISTAS CON DISIDENTES, BLACK BLOC O INDEPENDENTISTAS

El terrorismo no es una cosa que se deba banalizar. Es algo serio. Muy serio. Lo conozco bien. Precisamente por eso, en mi humilde opinión, es un error y una falta de respeto confundir terroristas con disidentes, black bloco independentistas. Es un error y una falta de respeto dar un tratamiento penal más severo a la quema de una sucursal bancaria que a la de un ‘sintecho’ que duerme en un cajero. En definitiva es un error y una falta de respeto pretender que la persona que pone un comentario en Twitter, por muy ofensivo y cruel que sea, pueda ser juzgada por el mismo capítulo del Código Penal que aquel que amartilla un revólver para ejecutar a otro ser humano.

El terrorismo es un virus, y como todo virus su objetivo es acabar con el huésped que lo aloja aun a sabiendas de que morirá él también. En nuestro caso ese huésped es el Estado de Derecho, por lo tanto si acabamos con las garantías procesales, con los derechos individuales, con las libertades públicas y con las alegrías compartidas en aras de acabar con el virus, lo que en realidad estamos haciendo es concederle la victoria. Muerto el perro, triunfó la rabia.

En la leyenda semítica, el Golem tuvo que ser finalmente desactivado a riesgo de que acabara con todo aquello que estaba llamado a proteger. Confiemos en que nosotros también estemos a tiempo de deconstruir el “todo es terrorismo”, y la “injusticia” no siga siendo preferible al “desorden”.

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