201707.27
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Televisión y abogacía y viceversa

Por Lidia Posada, abogada

CONTIENE SPOILERS

En el capítulo 9 de la segunda temporada de The Practice[1] la abogada Lindsay Dole (Kellie Williams) recibe la llamada de un importante traficante de drogas, un cliente habitual. El camello la contrata para defender a una mujer acusada de portar sustancias en su estómago en un control de aduanas. La mujer se llama Teresa. Tras romperse una bolsa, Teresa es hospitalizada y recibe presiones de la Policía para que revele la identidad de su “jefe”. Teresa no quiere delatarle porque necesita el dinero que aún no le han entregado. El capítulo se llama Save The Mule (Salva a La Mula). Lindsay es consciente del conflicto de intereses que supone llevar al mismo tiempo a los dos clientes y se encuentra muy incómoda porque no puede ofrecer a Teresa la mejor defensa posible. Al final todo se resuelve, pero el evento hace mella en la abogada.

Desde ese momento Lindsay presionará a sus compañeros Ellenor Frutt (Camryn Manheim), Bobby Donnell (Dylan McDermott), Eugene Young (Steve Harris) y Jimmy Berluti (Michael Badalucco) para potenciar el área de civil en el Despacho y evitar así depender de los ingresos fijos que reportan los grandes traficantes de droga. Esta decisión desencadena varios conflictos centrales entre los personajes: ¿podemos ser un despacho multidisciplinar?, ¿si nos dedicamos a civil perderemos nuestra vocación real?, ¿existe algún tipo de cliente que no merezca defensa?, ¿existe una manera sostenible de generar ingresos y atender los casos más necesitados?, ¿es justo organizar la toma de decisiones en el Despacho en función de los ingresos que aporte cada asociada/o?

Esta serie, creada en el año 96 por el ex abogado David Kelley, escenifica buena parte de los dilemas éticos de la abogacía ejerciente. Aborda asuntos relacionados con el racismo, la religión, el machismo o complejas discusiones sobre los límites del Derecho de Defensa, sin negarle su espacio a la caricatura y la broma. No deja de ser una serie de la tele.

The Practice no era una serie buenísima pero sí era una serie de abogadas/os.

En sus últimas temporadas, The Practice pierde la provocación intelectual y deja paso a otros asuntos más propios de la trama principal de otra serie de David Kelley que en el año 98 partió los récords de audiencia: Ally Mcbeal.

Ally Mcbeal… A-lly-Mc-Beal. ALLY MACBEAL.

Mucho se ha dicho de Ally Mcbeal. Casi todo malo y merecido. Para entender cómo contribuyó a reforzar los estereotipos estéticos de la mujer profesional de su época poniendo freno al avance de la lucha feminista por la conciliación laboral, me remitiré, humildemente, a un artículo[2] de la periodista Erica Berman publicado en 2014. Para hacernos a la idea basta con recordar alguna de las innumerables escenas en que la protagonista, una mujer adulta y trabajadora, se encierra en el baño de su Despacho para fantasear (a veces, alucinar) sobre algún asunto relacionado normalmente con su ex novio Billy.

Además del fiasco argumental desde una perspectiva feminista, Ally Mcbeal sentó un nefasto precedente en la proyección televisiva de la abogacía. Un grupo de gente frívola, cínica, avara, poco solidaria y traicionera, pero, eso sí, muy guapa y a la moda, ha sido el patrón de la mayoría de los guiones de las series de las últimas dos décadas.

Desde Boston Legal hasta Suits pasando por How To Get Away With Murder, todas ellas ofrecen una visión de la abogacía desapegada de la realidad, más interesada en los negocios que en la Justicia y más preocupada por sus pequeños affairs que por los dramas y alegrías propios de esta profesión. Por cierto, todos los personajes sufren una supuesta adicción al trabajo pero solo se les ve lucir palmito en la oficina durante horas.

¡Qué difícil es sacar un guión ligerito de las historias que verdaderamente importan a abogadas y abogados cuando están trabajando!

Podría pensarse que esta visión esperpéntica de la abogacía no tiene ningún impacto en la realidad, que la telecomedia no informa la opinión pública ni define los productos culturales. Esa tesis está caducada. Ensayos como el libro Teleshakespeare[3] nos han enseñado cómo los guiones de las series y el imaginario popular se retroalimentan. Hasta ahí, la teoría. Eventos recientes en el mundo de la abogacía nos enseñan que hay quienes siguen pensando que el hábito hace al monje[4] y que cuanto más caro el hábito, mejor. En cualquier rincón, la práctica.

Pero hay luz al final del plasma.

En los dos últimos años nos han sorprendido los retratos más realistas y humanos de la profesión. Recobra protagonismo la abogacía comprometida o, sencillamente, sensible y consciente de la realidad que la rodea. Aquí van algunos nombres de personajes: Saul Goodman (Bob Odenkirk sobre todo en la primera temporada de Better Call Saul), Kim Wexler (Rhea Seehorn en Better Call Saul), Emma Banville (Helen McCrory en Fearless), John Stone (John Turturro en The Night Of) y Martha Costello (Maxine Peake en Silk).

Parece que la moda en el sector culmina otro ciclo. Ya saben, todo vuelve. Si aprovechamos bien el momento quizá consigamos que junto a la estética de la abogacía comprometida se contagie también un poco de la ética.


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[1] Aquí se llamó El Abogado cuando la traducción exacta sería El Despacho o El Bufete.

[2] Why Women Still Suffer From the Ally McBeal Effect, Erica Berman, 05/25/2014, Huffpost

http://www.huffingtonpost.ca/erica-berman/beauty-ideals_b_5030288.html

[3] Teleshakespeare, Jorge Carrión. Ed. Errata Nature http://erratanaturae.com/libro/teleshakespeare/

[4] Cómo debe vestir una abogada. Cuestión de actitud, Rosa Manrubia

 http://www.abogacia.es/2017/06/09/como-debe-vestir-una-abogada-cuestion-de-actitud/

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