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Comentario sobre ‘La Apuesta Perdida’: el juego y la precariedad como causas de la intervención penal en barrios obreros

Hace un par de meses recibimos en nuestro despacho un pequeño paquete. Lo había enviado la editorial Bellaterra Edicions – la cual, al igual que nosotras, está constituida como cooperativa –, a la que conocemos por varias de sus obras, entre las cuales podemos destacar el ensayo Neoliberalismo y Castigo, de Ignacio González. Contenía un pequeño libro titulado La Apuesta Perdida: Ludopatía, ciudad y resistencia. Sus autoras son la periodista Cristina Barrial y el economista Pepe del Amo, quienes habían pedido a la editorial que nos mandaran una copia.

Por fin, tras ponerme al día en mis lecturas atrasadas, he tenido tiempo de devorarme en poco tiempo este ensayo fascinante. Su punto de partida es la ludopatía y sus terribles efectos – de sobra conocidos – para pasar a otros temas relacionados con la proliferación de las casas de apuestas: cómo afectan éstas a la economía, cómo alteran la composición de las ciudades, cómo alteran la psique de las personas jóvenes y, sobre todo, cuál es la responsabilidad de instituciones y empresas en este problema de salud pública que genera sufrimiento, ruina y dependencia. “El auge de las casas de apuestas en España es un síntoma de una época”, anuncian.

Desde nuestra profesión de abogadas y abogados, los estragos de las casas de apuestas los llevamos notando desde hace unos cuantos años. Y es que, con cada vez mayor frecuencia, asistimos a personas detenidas por cometer algún delito – estafas, robos, hurtos y apropiaciones indebidas – para poder financiar más apuestas, o cubrir deudas pendientes generadas por el juego. “La nueva heroína”, llamó mi compañero Eduardo Gómez Cuadrado al juego en una entrevista para la sección “Apuntes de Clase” de La Marea hace tres años. Y es que el patrón de personas a las que asistimos en sede penal por delitos relacionados con el juego es claro: personas jóvenes, de barrios obreros, cuya vida laboral ha venido atravesada por la crisis económica. Pero, por razones explicadas en el libro, en el imaginario colectivo, la responsabilidad no es empresarial, ni institucional, sino que “se circunscribe el problema al de esa persona en particular, obviando toda dimensión social”. Barrial y del Amo desarrollan elocuentemente cómo las entidades verdaderamente responsables de esta problemática son exoneradas de las críticas y éstas se vuelcan, exclusivamente, sobre las víctimas: “quien sufra los estragos de la adicción será entendido como un sujeto irracional que tendrá que asumir la culpa sobre su situación”.

El reparto de las casas de apuestas por las ciudades no es casual. Las autoras apuntas que donde menos inversión hay en servicios públicos se abren más de estos locales, respondiendo a una lógica de dominación sobre las clases populares. “Cuanta menos renta, más población migrante y más paro: más casas de apuestas”, explican. “Es una muestra latente de las causas sociales que operan para que las tasas de ludopatía se disparen entre la clase trabajadora. […] La ciudad expulsa, segrega y, en su higienismo reactualizado, envía a los márgenes periféricos todo que, en diferentes épocas y contextos, no desea ver. La mayoría de las casas de apuestas se sitúan en barrios que nunca son visitados por los máximos agraciados en las relaciones económicas. Las adicciones y los conflictos que se generan en torno a ellas quedan sepultadas, invisibilizadas”.

Pero la adicción y dependencia que genera el juego no se explica únicamente con el desembarco de las casas de apuestas – controladas, en su mayoría, por grandes fondos de inversión, o hedge funds – en los barrios más humildes de las ciudades. De hecho, no hay que olvidar que una buena parte de las apuestas que se generan son online, lo cual reduce la relevancia del espacio físico en el que se sitúan las casas de apuestas (pero no por ello debemos olvidar que su presencia en determinados distritos normaliza la práctica del juego entre las vecinas del barrio, aunque luego pudiera hacerse online). Como es lógico, una gran responsabilidad descansa sobre los hombros de la publicidad que hacen estas empresas – tolerada por las instituciones –, dirigida principalmente a personas vulnerables por razones de juventud, precariedad o falta de apoyos sociales, que nos vende un estilo de vida muy seductor: trabaja poco, apuesta fuerte, gana mucho.

En este sentido, las autoras hacen bien en recordarnos que el juego, en sí mismo, ya es un problema: “el llamado juego responsable tiene muy poco de responsable y, dependiendo de diferentes factores de vulnerabilidad, es muy probable que desemboque en situaciones donde las apuestas se conviertan en problemáticas”.

Y esto, como ya hemos mencionado, no se traduce únicamente en la ruina de una buena parte de una generación joven y tremendamente vulnerable, sino también en la transformación de la ciudad: “los fondos buitre, propietarios de Sportium y Codere, no solo tienen un efecto en la búsqueda de remedios espacio-temporales, la apertura de mercados en nuevos lugares ante la devaluación del capital en los lugares de origen (proceso similar al de gentrificación en las grandes ciudades), sino también en la reconfiguración del espacio urbano (un ejemplo de ello es el incremento desorbitado en el número de casas de apuestas en los barrios). El poder de estos agentes no solo tiene que ver con la expansión de mercados, sino con la alteración urbanística de las ciudades, siendo las dos parte de un mismo proceso de financiarización. Es por ello que enfoques como los de la “producción de la ciudad” se hacen hoy más imprescindibles que nunca para aprehender, de forma holística, la dinámica general del capital y las posibles formas de resistencia aún por transitar colectivamente. A raíz de los nuevos procesos urbanos y la intensificación de las “segundas formas de explotación”, comprender la dinámica de la producción de la ciudad como un todo se hace más urgente si cabe para vacunarnos ante un capital que va camino, cada vez de manera más acelerada, de animalizarse en su especie buitre”.

Por fortuna, el libro no termina con una nota excesivamente pesimista, pues su último capítulo está reservado a los movimientos sociales frente a las casas de apuestas. “Llegamos al derecho a la ciudad como posible marco que integre al conjunto de luchas anticapitalistas y como propuesta de intervención política. […] En la medida en que la ciudad capitalista es la principal forma de reproducción del capitalismo, atacarla sigue siendo una forma esencial para acabar con él. El conjunto de movimientos demandistas (como en el caso de las casas de apuestas) o incluso sectoriales (como el vecinal) son imprescindibles para construir el marco del derecho a la ciudad, ya que nacen de lo urbano, construyen tejido organizativo en la sociedad civil y señalan cómo se reproducen a nivel particular los problemas estructurales de la ciudad capitalista”.

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