«¿Acaso les enseño que los buenos siempre ganan, que el crimen no compensa, que la caballería siempre está en camino; o les enseño que cualquier idiota que piense con los puños puede hacer lo que quiera si es lo bastante rápido, fuerte y carece de escrúpulos? ¿Combato la violencia o la propago?«
Publicado en febrero de 1983, el número 191 fue el último con Frank Miller al frente de Daredevil. En tres años y medio, primero como dibujante y después también como creador de las historias, Miller reinventó a Daredevil sin desfigurar al personaje y lo encumbró, cuando hasta su llegada había sido un secundario en el universo superheroico de la editorial Marvel. También consiguió multiplicar las ventas de la colección, que entonces era bimestral, una periodicidad antesala del cierre. Con su trabajo en la serie anticipó algunos de los caminos por los que transitó el comic book de superhéroes desde mediados de los años 80. Miller utilizó la violencia de forma explícita, con toda la elocuencia permitida por la Comics Code Authority, organismo censor de la industria del cómic que autoriza la distribución de tebeos en Estados Unidos. Planteó disquisiciones sobre la noción de justicia en un mundo donde hay tipos que, por ejemplo, pueden volar —en realidad, pueden hacer prácticamente todo lo que quieren— y que se disfrazan con mallas ajustadas y trajes de colores para preservar el bien, o lo que ellos consideran que es tal cosa. Creó narraciones visuales que tomaban elementos gráficos de otras artes como el cine y desarrolló argumentos que se empapaban de la atmósfera de la novela negra. Ese número 191 significó el cierre de la etapa de Miller como guionista y dibujante de Daredevil pero, sin embargo, lo mejor de Miller como autor de Daredevil aún estaba por llegar.
José Durán Rodríguez ha publicado en El Salto un artículo sobre los años en los que Frank Miller estuvo a cargo de las historias del superhéroe. Y, en el mismo, da voz a nuestro compañero, Alejandro Gámez, conocido fan de Daredevil. Aunque Alejandro asegura que esos cómics no influyeron en su decisión de ser abogado, sí es consciente de haberlos leído poco después de licenciarse y asumir, “como Matt Murdock”, que la ley “se queda corta cuando no estás en el extremo grueso de la soga, que si no tienes el poder de tu lado para hacer justicia, algún día habrás de cometer delitos de manera premeditada y organizada para obtenerla”.
Alejandro destaca que lo más relevante de la etapa de Miller en Daredevil fue convertirlo en una de las brújulas morales del universo Marvel. “No importan ni el traje ni los poderes, sino el coraje para tomar la decisión correcta en cada momento sin importar el coste personal. Y este registro moral lo justifica a través de un vía crucis y una resurrección épicos, porque Miller utiliza un código religioso en el que nos sentimos cómodos culturalmente y, sobre todo, porque desciende a Matt Murdock a un mundo muy humanizado, de forma que es muy fácil amar, temer y sufrir como hacen sus personajes”. Gámez subraya que el precio vital que paga Murdock en el capítulo “Born again” por ser un superhéroe no es ignorado por el guionista sino que lo muestra “de forma descarnada hasta dejarle empapado, sucio y delirante en la nieve”.
Desde el punto de vista de una persona dedicada profesionalmente a la abogacía, Daredevil es una lectura de gran interés por las diferentes interpretaciones que ofrece sobre la administración de justicia. Aunque para disfrutarla plenamente haya que partir, admite Gámez, del hecho de que el universo de los superhéroes de cómic tiene unos cánones éticos y legales poco realistas que hay que asumir previamente. Si no, advierte este jurista, “cualquier tipo cuyo hobby fuera combatir el crimen en solitario embutido en unas mallas de colores sería, en el peor de los casos, un delincuente muy peligroso y, en el mejor, un egocéntrico que prefiere usar sus superpoderes para detener a rateros antes que evitar que grandes empresas, cárteles de la droga y Estados cometan delitos gravísimos sobre miles de personas”.

Una vez hecha esta suspensión de la incredulidad ética, Gámez sugiere que el personaje de Matt Murdock/Daredevil puede encarnar un debate clásico y fundamental de la teoría del derecho, el del iuspositivismo frente al iusnaturalismo. “¿Solo la ley que nos damos entre todos es válida o hay leyes naturales anteriores a nuestra sociedad democrática que nos otorgan derechos?”, se pregunta este abogado, quien añade que “si llevas el segundo postulado al extremo solo cabe concluir que es legítimo saltarse la ley cuando un derecho anterior a ella está siendo vulnerado, porque la ley se ha revelado insuficiente o, peor aún, injusta”. Y recuerda que Murdock defiende como abogado por las mañanas en los estrados la aplicación estricta de una norma democrática que propugna la separación de poderes mientras pasa las noches defendiendo la existencia de un derecho personal a la justicia. ¿Estamos, pues, ante un caso de esquizofrenia o de cinismo máximo? Según Gámez, tal vez no sea una cosa ni la otra ya que reconoce que quienes se dedican a la justicia de una manera directa suelen sentir que la ley no basta y que, cada vez que miran alrededor, “las personas que peores crímenes cometen siempre se van de rositas”. Es una sensación que se agudiza, asegura, cuando “se ejerce el derecho desde la posición débil, la del abogado de oficio, de personas de colectivos vulnerables o maltratados socialmente. Si eres policía, fiscal o juez, te puedes quejar de la falta de medios o de la benignidad de las leyes —querer castigar más o mejor—, pero no te sueles enfrentar a la impunidad de los poderosos o de los agentes del Estado en condiciones tan precarias”.
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