201308.30
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Derecho y anarquía (II): Anarquismo y Liberalismo

No es nueva la definición de que el anarquismo es una forma de liberalismo ultraliberal[1]. Si bien dicha comparación es exagerada, no está exenta de cierto poso de razón. Por ejemplo, hay quien ve en LAO – TSE[2] uno de los precursores del liberalismo, puesto que este pensador chino fundador del Taoísmo, cuya existencia real está a medio camino entre la realidad y el mito, propugnaba en lo político la no intervención de los gobiernos en la vida de los pueblos, reconoce la existencia un gobierno pero poco intervencionista, pero sin embargo también afirmó que “sin ley ni compulsión, los hombres vivirían en armonía”, máxima que podría suscribir un anarquista de cualquiera de las escuelas, además el propio KROPOTKIN lo señaló en alguna ocasión como referencia. Y es curioso, porque en las dos afirmaciones del legendario pensador oriental podemos tal vez encontrar alambicado lo que pretendió y pretende el anarquismo como sistema de convivencia armónica, esto es un gobierno sin ley o más bien una gobernanza sin ley.

La revolución francesa, revolución liberal por antonomasia, legó al mundo el lema libertad, igualdad y fraternidad, eslogan que BAKUNIN hizo propio como objetivos del anarquismo[3]  y del que KROPOTKIN afirmó que era un programa entregado por esa revolución a las generaciones futuras para que ellas lo pusiesen en práctica[4].

 Si bien es cierto que la francesa no fue la primera revolución burguesa, puesto que ya los norteamericanos, apoyados por Francia y España en sus reivindicaciones independentistas,  culminaron en 1776 un proceso revolucionario de corte liberal, no es menos cierto que el carácter eminentemente emancipatorio y nacionalista de tal proceso revolucionario lo diferencia cualitativamente del vivido en Francia 13 años después.

No podemos olvidar que el principal logro de la revolución francesa, y por lo que ha pasado a los anales de la historia, fue por firmar el certificado de defunción del antiguo régimen dando paso a lo que en lógica pasó a denominarse nuevo régimen o régimen liberal. Sin embargo esta nueva nomenclatura que pretendía reflejar un cambio profundo con vocación de justicia social y fraternidad, no supuso en realidad más que una trasvase del poder de la nobleza a la burguesía, quedando las masas populares urbanas y campesinas bajo el mismo yugo pero de distinto color.

El cambio revolucionario del antiguo al nuevo régimen vino a transformar el sistema socio-político en tres ámbitos: 1) Económicamente se culmina la transición del feudalismo al capitalismo, 2) Socialmente se desmota el sistema estamental y la burguesía se posiciona como clase amplia y dominante, pero no mayoritaria, favoreciendo el surgimiento del sistema de clases y 3) Políticamente se abolen las monarquías absolutistas en aras de regímenes constitucionales con (teórica) separación de poderes.

En esta lucha de la burguesía por instaurar un sistema de gobierno en sintonía con sus intereses económicos, “el Estado” como elemento equilibrador de las desigualdades o controlador de los excesos podía en muchos casos suponer un serio inconveniente para el desarrollo de sus políticas económicas capitalistas. Si tenemos en cuenta que en la época en la que se desarrollaron estos cambios, y aún hoy, la propiedad privada urbana pero sobre todo la rural era el elemento fundamental que marcaba las diferencias entre clases, la existencia de un Estado central fuerte y con vocación de control y regulación de las relaciones no solo sociales sino fundamentalmente económicas y comerciales, solo podía ser un monumental escollo para la nueva clase dominante, así que se hizo necesario reivindicar la creación de un estado mínimo y prácticamente sin poder de intervención salvo para hacer cumplir las leyes dictadas por las burguesía y ejecutar las sentencias de sus tribunales. La doctrina del laissez faire, laissez passer (“dejad hacer, dejad pasar”)[5] se convertía en la carta fundacional del estado gendarme llamado a velar por el cumplimiento de las leyes elaboradas por los capitalistas y siendo auténtico brazo armado de un poder político absolutamente incapaz de intervenir en lo económico.

Estas leyes burguesas vinieron a crear y consagrar ciertos valores normativos y derechos que pasaron a considerarse fundamentales. En realidad lo que la burguesía estaba haciendo durante la “Revolución Francesa” al redactar la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano era blindar el poder político y económico que había adquirido con el auge de la economía capitalista, y que le había llevado a estar en una posición de fuerza tal, que le permitió derrocar el antiguo régimen. En dicha declaración se viene a señalar como naturales e imprescriptibles derechos como la propiedad privada o la seguridad. Es más, en su artículo XVII se califica al derecho a la propiedad privada como inviolable y sagrado. Ello evidencia que sin duda se trata de una declaración sólo para los propietarios, dejando fuera a la inmensa mayoría de personas que componían las capas sociales más bajas, como los obreros urbanos no cualificados, los campesinos o los artesanos menores, a los cuales se les dejó al margen de la protección otorgada por el sistema jurídico que se estaba gestando, simplemente porque ellos no tenían derechos reales que mereciesen ser protegidos.

Los burgueses elaboraron la declaración de derechos del hombre y el ciudadano y dieron rango de fundamental al derecho de propiedad, simplemente para proteger sus privilegios, sin embargo olvidaron reconocer derechos sociales (de los que ellos ya gozaban) para los que no participaron de esa elaboración normativa pero que morían también en las calles del Paris revolucionario como los sans culottes.

Es claro que el sistema liberal pretendía garantizar a los burgueses un marco normativo donde los derechos que habían adquirido, en especial el de propiedad de los medios de producción y de la tierra, pudieran disfrutarse sin enojosas cortapisas por parte del Estado. Cuanto menos Estado mejor, y como señalaron MARX y ENGELS los liberales convirtieron ese Estado en una mera “junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa”[6]

La contribución de la Revolución francesa al proceso emancipador del ser humano, aunque con reconocimiento limitado, no pasó inadvertido para los anarquistas,  sabedores del paso fundamental que se había realizado en la historia de la humanidad con semejante crisis social, el propio KROPOTKIN, señaló:

“Dos grandes conquistas caracterizan en efecto el siglo posterior a los hechos de 1789 – 1793. Ámbas tienen su origen en la Revolución francesa, que tomó a su cargo la obra de la Revolución inglesa, ampliándola e insuflándola todo el progreso realizado desde que la burguesía inglesa había decapitado a su rey y transferido el poder a manos del parlamento. Estas dos grandes conquistas son la abolición de la servidumbre y la abolición del poder absoluto, que han atribuido al individuo unas libertades personales en las que ni siquiera soñó el siervo y el súbdito del rey, y que han contribuido al mismo tiempo al desarrollo de la burguesía y del régimen capitalista”[7]

 

“El padre del anarquismo” señala aquí la importancia de la revolución liberal  burguesa de 1789, y reconoce su aportación al progreso del ser humano hacia la liberación de las atávicas cadenas del feudalismo, pero advierte al mismo tiempo que dicha revolución asentó el sistema capitalista y la dominación burguesa.  Es por tanto una revolución incompleta, necesaria pero no suficiente, que lo que realmente consiguió garantizar fue la libertad para los que ya gozaban de ella y que como denunciaron BABEUF[8] o MARÈCHAL[9] se limita a la defensa de los propietarios, mientras que políticos, negociantes, compradores y especuladores se han limitado a reemplazar a la nobleza hereditaria por una nueva clase, lo que significa que no ha habido ningún cambio para el pueblo[10]. 

Sucede que tanto el anarquismo como el liberalismo ponen en las cúspide de su escala de valores la libertad, pero es ahí donde empieza su semejanza y al mismo tiempo donde muere. Es innegable que ambos tienen puntos de conexión, pero aún participando los dos de un ideal emancipador para el ser humano, difieren radicalmente en cuanto a las formas, los objetivos y el por qué de esa lucha por la libertad, y sobre todo se diferencian en el constante intento del anarquismo por conjugar libertad individual y colectiva como herramienta hacia una sociedad solidaria donde todos los seres humanos fuesen libres, y donde esa libertad no pudiera ser entorpecida por la libertad del otro.

Como señala acertadamente GARCÍA MORIYÓN, el anarquismo se separa del individualismo burgués y del liberalismo, pero sin renunciar a algunas de sus conquistas, como por ejemplo los derechos humanos.

Anarquismo y liberalismo surgen como corrientes herederas de la Ilustración, y por tanto de su ensalzamiento de la libertad como valor que guiará el progreso humano, pero el primero busca la libertad del ser humano frente a otros seres humanos, entre seres humanos y dentro de una sociedad  libre que sólo es concebible si todos sus integrantes pueden gozar de esa libertad. El liberalismo quiere que esa libertad individual se presente dentro de una sociedad limitada, donde la libertada de uno hace frontera con la libertad del otro y dentro de un sistema que exige la sumisión del colectivo. La libertad del liberal tiene el tamaño de la celda donde se desarrolla, el espacio entre reja y reja. Es una libertad vigilada y fiscalizada por el Estado nacido del “pacto social”, y es precisamente aquí donde quiebra toda confluencia entre anarquismo y liberalismo, porque no es asumible por el ideal anarquista que un estado pueda fiscalizar nada, cuando es precisamente esencialmente fuente de autoridad, coacción y violencia. El “pacto social liberal” es una mera institucionalización de la violencia, la cual se socializa a través del derecho positivo que viene impuesto por los intereses, ya no  de una fuerza social cuantitativa sino cualitativa: los propietarios. El “pacto social ácrata” en cambio es puro y duro derecho natural, no necesitado de ninguna transposición a la sociedad mediante ningún tipo de derecho positivo, puesto que entienden que el ser humano que necesita leyes positivas para vivir en sociedad es que no merece vivir en sociedad.


[1]  “El anarquismo es una radicalización del liberalismo, o incluso del racionalismo ilustrado. Las creencias básicas de las que se nutre son la libertad individual, el poder emancipador de la razón y la ciencia, la inevitabilidad del progreso, la bondad básica del ser humano y la armonía fundamental de la naturaleza. Es este conjunto el que hace posible el ideal de una sociedad sin coacción». Alvaro Junco. “La teoría  política del anarquismo”, pag. 263

[2]  Filosofo chino. Aprox. S. IV a. C.

 [3]  Mijal Bakunin. “Escritos”, pags. 184 y 212

 [4]   Piotr Alekséyevich Kropotkin, “Ética”, pág. 135

 [5]  De forma completa, la frase es: Laissez faire et laissez passer, le monde va de lui même; «Dejad hacer, dejad pasar, el mundo va solo». Jean-Claude Marie Vicent de Gournay (Saint-Malo (Francia), 1712 – Cádiz (España), 1759)

 [6]  Cf. Marx, K y Engels, F. “Manifiesto del Partido Comunista”.

 [7]  Kropotkin, Oeuvres, Textes reunies par M. Zemliak. Maspero. Paris, 1976, pag. 184

 [8]  François-Noël Babeuf, (Saint Quentin, 23 de noviembre de 1760 – París, 27 de mayo de 1797), político, teórico y revolucionario francés , también conocido como Gracchus o Gracus.

 [9]  Sylvain Maréchal (15 de agosto de 1750 — 18 de enero de 1803) fue un ensayista, poeta, ateo y activista político francés que participó en las revueltas en torno a la Revolución francesa.

 [10]  Del socialismo utópico al anarquismo. Felix Garcia Moriyon. Ed. Cincel. 1985, pag 36

EDUARDO GÓMEZ CUADRADO

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