201904.14
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Por favor, no disparen al abstencionista

La escena se inicia con la cámara entrando a través de una puerta de doble bisagra que se interna en un bar-salón. Lo hace justo en el momento en el que cinco paisanos dejan de discutir sobre música airadamente y han pasado a la acción. La pelea, obviamente, se convierte en tumultuaria, aunque en este caso no es un todos contra todos sino que luchan en equipos. No faltan tampoco las sillas volando, mesas que se rompen, botellas, palos de billar…. Uno para de dar mamporros y le grita al pianista para que se una. Como este sigue con su música, le apunta con el arma y sopesa la desobediencia a un cartel que cuelga en la pared sobre el piano.

Aunque este artículo es una reflexión en torno al pianista no tiene ninguna intención de seducir a nadie de que la opción correcta ante la llamada a las urnas sea la de ponernos a tocar el piano. Ni siquiera sé yo si en alguna de las cuatro convocatorias que vienen en estos dos meses votaré. Mis dudas son sinceras.

Tampoco hablo en nombre de los abstencionistas, lo cual sería paradójico. Lo hago solo por mí.

¿Por qué, entonces, dedicar un texto a exponer una tesis que postula como una opción legítima, correcta y estratégica la de no votar? Pues precisamente porque me da la impresión de que existe un fuerte cuestionamiento de quienes optamos por ella y no todas las veces se hace de forma educada a pesar de ser gente cercana y querida. No sé, quizás sea porque en campaña electoral prima convencer más que escuchar.

Este texto pretende lo contrario, abrir el diálogo que las dinámicas electorales cierran puesto que la irrupción de VOX en el panorama de la política representativa como un protagonista importante junto con el endurecimiento de discursos de Rivera y Casado han provocado alerta y repliegue. Ha sido entonces cuando las redes sociales, la prensa y los mítines se han dirigido a los posibles abstencionistas e indecisos porque son la clave para que el trifachito no gobierne. Entiendo que es legítimo siempre que no se traspasan ciertos límites con el tono imperativo. Pareciera a veces que, si eres una persona comprometida, votar, más que un derecho, es una obligación.

Intentando abrir diálogo voy a reflexionar sobre estos cuatro argumentos en torno a la abstención:

  1. La abstención es mayoritariamente de izquierdas.

  2. Mejor la mala izquierda que la derecha.

  3. Si no votas serás cómplice de la ultraderecha.

  4. Los militantes abstencionistas convierten el voto en un fetiche. “ La paradoja del anarquista”

I.- La abstención es mayoritariamente de izquierdas

Parece que sí; al menos la abstención que podría votar. Salvo en 1989, la derecha ha gobernado siempre que la abstención superó el 30%; al contrario, salvo en 1996, el PSOE (¿es de izquierdas?) ha formado gobierno con niveles de abstención por debajo del 29,5%. Eso sí, la abstención jamás ha bajado del 20%.

El partido que ganó las pasadas elecciones tuvo 8 millones de votos frente a los 12´5 millones de abstencionistas (mayoría casi absoluta). Si se tienen en cuenta estas cifras, la afirmación no es baladí.

Pero… ¿hay algo más en el abstencionista diferente de su capacidad de votar?

Tras la frase, “ni los de vox ni los del pp se quedan en casa” y tras el titular “la izquierda intenta movilizar a los abstencionistas para ganar las elecciones” se esconde la idea de que el voto de los abstencionistas iría a parar a partidos de izquierdas avalada, hasta ahora, por las cifras anteriores.

Sin embargo, creo que hay un efecto secundario escondido, un acto de violencia absoluta tras esta visión, el de la negación. Ni siquiera se logrará convencer a un porcentaje mayoritario de los abstencionistas de que voten y aún así el abstencionista no vale por lo que es, alguien que se plantea no votar; sino por ser “alguien que podría votar.” A nadie le interesan sus razones, ya sean convicción, hartazgo, resaca del sábado… La llamada al voto aparece así como un aparato de captura de la política representativa que estrecha las posibilidades y el mundo. Todo lo que hay fuera solo existe para que sea llevado adentro. Afuera del voto no hay nada.

Interpretar que la persona que ha decidido no ejercer su voto por desidia o en un acto consciente es una persona cuyo destino lógico estaría con el partido de izquierda es inmatricularse bienes que no te pertenecen como si fueras la Iglesia.

Pues no, igual que el voto del obrero no pertenece por vínculo, transcendente o material, al partido comunista; el abstencionista tampoco es alguien que ha fallado a su condición. No sigamos con esos impulsos de vanguardia por lo cuales arrebatamos a los demás su capacidad, expresada como convicción o como desidia, de decidir ellos lo que son a través de sus actos u omisiones.

Ante tanto imperativo, no votar se convierte en un acto de desobediencia en el sentido más digno.

II.- Mejor la mala izquierda que la derecha.

Publicado en una red social

Tras el éxito del 8m me he acordado de como uno de lxs principales candidatxs a contener al trifachito rechazó el término feminista en varias ocasiones en 2014 porque no era un significante que estuviera en la sociedad e impuso usar el término “igualdad”. Este es un ejemplo de la dichosa tesis de la hegemonía. Obviamente el significado que se ampara tras los dos términos generan cosas muy distintas. Afortunadamente, el feminismo ha demostrado, como dice Verónica Gago, que es compatible ser masivo y ser radical. En ese devenir masivo nada le debe el feminismo al candidatx. Ahora la bandera de la igualdad ha sido recogida y enarbolada por los del feminismo liberal de la derecha.

Para mí es un ejemplo muy concretito de una mala praxis de los partidos de izquierda. La afirmación de que mejor la mala izquierda que el trifachito tiene como target claro a los desencantados. Busca la empatía pues el emisor se reconoce en la crítica a los partidos de izquierdas pero él, a diferencia del abstencionista, es práctico.

Y yo, que presumo de pragmático, aceptaría esta opción si el mundo se acabara tras la legislatura (tesis que va cobrando adeptos). Sí, claro que prefiero que los años finales del universo los rijan unos mejor que otros. Candidatx tendría mi voto.

Pero… ¿por qué aceptar la legislatura como el marco temporal de referencia? Volvemos con el aparato de captura de la política representativa. La máquina impone su código. Impone su lenguaje. En su terreno la unidad de medida permite dividirse en periodos más pequeños de 4 años pero nunca en periodos más grandes. Es por ello que nos vemos pensando en ciclo políticos cortos. Es este el código que impone el lenguaje político con mayúsculas.

Y enfocando con las lentes de ver de cerca nos sobrepasan fenómenos que vienen de lejos… El agotamiento del planeta, la estocada de la globalización al matrimonio malavenido que formaban el estado de bienestar y el liberalismo, la quiebra del trabajo como sistema de adquisición de rentas (el software y las máquinas se quedan con o precarizan el empleo), el cambio climático, las limitaciones del sistema representativo…

Yo no soy apocalíptico pero sí miro el futuro preocupado. Estoy con las tesis que apuntan que ante los síntomas de colapso ya no vale la gobernanza de las antiguas socialdemocracias del siglo anterior. Las tasas de acumulación capitalista son insoportables a nivel humano y a nivel ecológico. Y esto genera unas tensiones que el capitalismo ha de gestionar con otros mecanismos (- neofascismos-). Estos van creciendo en número y radicalidad mientras las causas que los alimentan siguen engordando. Actualmente nos encontramos con Lepen en Francia, Salvini en Italia, el partido UKIP en Reino Unido, AFD en Alemania, Wildeers en los Paises Bajos, Amanecer Dorado en Grecia, Orban en Hungria, Akesson en Suecia, Finss Party en Finladia, Dahl en Alemania, SVP en Suiza, Fpo en Austria, Zeman en Chequia, Attack Bulgaria, Pis Polonia, Bolsonaro en Brasil y Trump en USA. Todos ellos escorados con más o menos grados en la extremaderecha y todos ellos culpando en gran parte de su argumentario a los inmigrantes de la situación social de las clases medias y bajas. Hay un malestar que los alimenta y es ahí donde nos jugamos mucho.

Estas tesis, a las que antes me refería, creen que el modelo económico aumentará la frecuencia y la virulencia de sus crisis sin que pueda aportar soluciones dentro de sí mismo. Lo harán independientemente de quien gobierne. Esto es, la crisis se hace estructural a su sistema. No se puede crecer hacia el infinito en un planeta que es finito y al que se ha llevado al límite de su poder extractivo y a una tasa de acumulación intolerable.

El fascismo, que está acostumbrado a buscar chivos expiatorios, no tiene que cambiar de cantinela. Puede dar una solución al problema y lo hace apelando a una verdad material; aquí no cabemos todos. Y no mienten. Es cierto que en su sistema no cabemos todos, e irá a peor. Calcula ACNUR que hasta 1000 millones de personas migraran por cuestiones referentes al cambio climático en el próximo medio siglo; convirtiéndose en la primera causa de los movimientos de personas. Y en los sitios de “acogida” habrá menos trabajo y más precario.

Mientras tanto, la izquierda, que me pide el voto para detener al fascismo, ya se denomine vieja o nueva izquierda (para mí, sinceramente, son tan parecidas que necesitaría un experto para diferenciarlas), me habla de socialdemocracia y aumento del gasto público como si estuviéramos en el siglo XX; como si la globalización no hubiera ocurrido, como si los estados tuvieran el peso de antaño ante el poder transnacional, como si la próxima crisis económica no fuera a pasarles por encima (ZP realoaded).

Pero no es lo mismo pedirme el voto para detener a los partidos fascistas por cuatro años que pedírmelo para detener las causas del fascismo, ni mucho menos. Más que a detener a lo que aspiran es a contener. Ir a por el origen requiere valentía, radicalidad, y estar en lo micro también. Si combates los síntomas de esta enfermedad pero no sus causas dentro de x años (más allá de la visión de las lentes de cerca) la enfermedad estará tan fortalecida que se hará con el control de todo el cuerpo.

Nada le viene mejor a la extremaderecha que una izquierda sin afrontar de lleno las causas que generan fascismo; una izquierda que no coja al toro (capitalismo) por los cuernos. ¿Os imagináis que viniera la tan anunciada nueva crisis cabalgando sobre la actual con esta izquierda gestionando de esa forma? Ahí sí que veríamos los verdaderos dientes de unos partidos de extremaderecha engordados y fortalecidos. Miedo.

Mis dudas saltan cuando aprecio que el ascenso de la ultraderecha tiene que ver con que la precariedad vital creciente en nuestras sociedades genera miedo, y en cómo no hemos sido capaces de construir una alternativa alegre y real (ni desde las instituciones ni fuera) que sea capaz de atacar las bases de la precariedad que es la que genera ese alimento del fascismo.

Creo que si nos limitamos a gestionar el colapso de su modelo, el fascismo será la única y terrible solución allá donde las gafas de cerca no ven pero que no está tan lejos

III.- Si no votas serás cómplice de la ultraderecha

No le voy a dedicar muchas líneas porque no parece un argumento ni mayoritario, ni maduro o complejo pero es una frase escuchada y leída demasiadas veces que nada más y nada menos que te coloca en el mismo lugar ético, político y social que los fascistas. Un nuevo ejemplo de agresividad (generalmente no pretendida) contra el abstencionista, que lo hace lo mejor que puede.

En mi opinión, el feminismo ha acertado más contra el fascismo en el siglo XXI que la izquierda de partidos. Es más útil contra el fascismo la economía social, lo que ha hecho la PAH, el sindicato de inquilinos o el 15m que el área de urbanismo del ayuntamiento, los Reales Decretos cosméticos de Sánchez o el asalto a los cielos de la nueva política. Hay quien sostendrá que están de acuerdo en alguna medida pero que eso no quita votarlos para detener a los malvados. Quizás tengan razón, no lo sé.

Puede que nos equivoquemos si no votamos, pero nuestro error, o el vuestro, no nos convierte a ninguno en cómplices de la extremaderecha, obviamente.

IV.- La paradoja del anarquista

Según esta paradoja, es el propio anarquista quien de verdad le otorga y guarda sacralidad a la urna. La convierte en un fetiche. Los demás que van a votar sabiendo que no sirve de mucho rebajan el acto a lo mundano. Hay algo de utilitarismo y de cinismo en esta ecuación.

Los guardianes de las esencias, quienes más atacan la política representativa, se convierten así en los que más valor le dan. Si el voto no sirve para nada, ¿por qué tanta resistencia? Si la lucha está en otros espacios y en otros tiempos, ¿por qué darle tanto protagonismo a las elecciones? ¿Por qué no votar instrumentalmente a quien nos haga menos difíciles los espacios donde creemos que está la verdadera lucha?.

Si me planteo cuantas energías y cervezas a partes iguales hemos dedicado a la política viejoven hemos de darle la razón en que parte del poder informal que tiene se lo hemos otorgado nosotros mismos.

Pero no es menos cierto que el poder formal se lo da el voto. La política representativa, los líderes, las estructuras y dinámicas internas de los partidos políticos actuales se comportan como un aparato de captura. – ya, lo has repetido varias veces, pero ¿ captura de qué?- Pervirtiendo a Deleuze, que por otro lado se presta gustoso a ello con lo cual ni siquiera hay nada perverso, podemos decir que junto a la ley represora está el partido, que se convierte en intérprete de esta y se la trasmite al pueblo. Su violencia es de pacto: el transgresor e impotente abstencionista, o activista, o desviado… (guerrero a lomos de una máquina de guerra)… ha quebrantado la ley pero puede restituirse y restablecer la alianza con ella, en un acto de sumisión a la ley trascendente (por eso al candidatx no le gusta el término feminismo, le gusta el de igualdad porque se haya en el orden aceptado. Ese mismo que es necesario abrazar para ganar según él). Este es el papel del partido que no cuestiona la democracia representativa. Hay aquí una violencia sobreprotectora, amistosa, muy peligrosa, que exige sumisión. Y dentro de esa doble violencia se ejerce la lucha guerrera, lucha desde la diferencia que rompe el aparato de captura. En este sentido, la máquina de guerra no intenta la guerra por la guerra sino la guerra por la diferencia que se deslinda de la bipolaridad. Es mucho más rica esta visión que la que en-cierra el binomio izquierda-derecha. 

Creo que hay que estar en la política institucional como en otros espacios pero mientras el partido siga encomendado a su misión sagrada no será un mal menor sino simplemente parte del mal.

Quizás la opción sea la de votar y taponar a la derecha, de verdad que no lo sé… pero no nos conformemos con gestionar; empujemos más allá que el lobo está hambriento.

No queremos ser lo mejor dentro de la democracia representativa, queremos otro paradigma y para ello necesitamos que la relación de sumisión sea diferente. El partido sometido a la disidencia múltiple. Abrir, en lugar de capturar. Esa es la música que quiero tocar y bailar dentro y fuera de lo institucional.

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