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Echad a Benhalima

Mohamed Benhalima es un ex-militar argelino que denunció la existencia de corrupción en el ejército, desertó, viajó a España y solicitó el asilo político. Sin embargo, hace dos meses las autoridades españolas le detuvieron y entregaron a las argelinas, pese a nuestras advertencias (y las de Amnistía Internacional, CIES NO, CEAR, ACNUR, etc). Ahora, un tribunal militar argelino le ha condenado a muerte.

Nuestro compañero Eduardo Gómez, uno de los abogados de Mohamed Benhalima en España, ha escrito un artículo en nuestro blog Nulidad de Actuaciones, en Público, sobre el principio de no devolución, el cual se encuentra consagrado en el derecho internacional a través de la Convención de Ginebra de 1951 y obliga a los estados a no poner a disposición a nacionales de otro país cuando en su país de origen corren el riesgo de que no se respeten sus derechos fundamentales, en concreto los relacionados con la integridad física y moral. El problema es que el derecho internacional, como cualquier derecho, no vale de nada si no se está dispuesto a aplicarlo. La peculiaridad del derecho internacional es que tampoco tiene mecanismos eficaces para que se pueda obligar a cumplirlo de manera coercitiva, por lo que muchas veces se ha planteado el debate de si se puede considerar un verdadero derecho. Pero más allá de estos debates doctrinales, lo cierto es que en el caso de Benhalima la consigna del Gobierno español era entregarle a Argelia, dijesen lo que dijesen las leyes, los organismos internacionales y el papa de Roma. Y esto es muy peligroso, porque nos da una radiografía preocupante de cómo puede actuar un estado para satisfacer intereses geopolíticos pasando por encima de sus propias normas.

El Ministerio del Interior era conocedor de que las probabilidades de que Benhalima fuese sometido a tortura en el caso de ser entregado a las autoridades argelinas eran muy altas. Era un desertor del Ejército que había hecho público a través de las redes sociales las corruptelas de dicha institución y que había participado, en su momento, en el movimiento pacífico que desde hace años viene pidiendo un cambio democrático para Argelia (Hirak). ¿Qué pensaba el Ministro del Interior que podía pasar?

Por todo lo anterior, Argelia le calificaba de terrorista y le condenó en ausencia (algo prohibido en España) a la pena de muerte. Si bien es cierto que la pena capital no se ejecuta desde hace décadas, no lo es menos que el régimen penitenciario argelino para los condenados a muerte por traición es una tortura larga, lenta y constante.

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