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La revuelta de Haymarket y el Juicio de los Mártires de Chicago: La Historia del Primero de Mayo

Por Daniel Amelang. Publicado en El Salto

En octubre de 1884, la Federación de Sindicatos de Estados Unidos y Canadá se fijó como objetivo conseguir la implementación de la jornada laboral de ocho horas no más tarde del 1 de mayo de 1886. Esta idea no fue bien acogida por la patronal, que no sólo se opuso a la misma, sino que además empezó a redactar listas negras de sindicalistas y a contratar a esquiroles y rompe-huelgas, entre los cuales destaca la agencia de detectives Pinkerton, cuyos agentes amenazaban a trabajadores organizados y provocaban tensiones raciales entre la clase obrera, entre otros encargos.

Un año y medio después, la fecha acechaba sin que se hubiera logrado todavía su propósito, por lo que los sindicatos del país convocaron una huelga general que empezaría. “¡Un día de rebelión, no de descanso!” rezaba el llamamiento. “Un día no ordenado por los voceros jactanciosos de las instituciones que tienen encadenado al mundo del trabajador. ¡Un día en que el trabajador hace sus propias leyes y tiene el poder de ejecutarlas! Todo sin el consentimiento ni aprobación de los que oprimen y gobiernan. Un día en que con tremenda fuerza la unidad del ejército de los trabajadores se moviliza contra los que hoy dominan el destino de los pueblos de toda nación. Un día de protesta contra la opresión y la tiranía, contra la ignorancia y la guerra de todo tipo. Un día en que comenzar a disfrutar ‘ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso, ocho horas para lo que nos dé la gana”.

La huelga del Primero de Mayo de 1886 fue un auténtico éxito. Las cifras de trabajadores que la secundaron en Estados Unidos en su primera jornada oscila entre los 300.000 y los 500.000. Se estima que la ciudad donde más incidencia tuvo fue Chicago, con unas 40.000 personas haciendo huelga y unas 80.000 participando en las movilizaciones. La manifestación más importante de la jornada transcurrió por la Avenida Michigan y fue encabezada por el matrimonio de anarquistas Albert y Lucy Parsons.

Los Parsons

Albert Parsons había luchado en el bando confederado durante la Guerra Civil americana, “la revuelta de los esclavistas”, como la denominaría más tarde. Tras la contienda se instaló en Waco (Texas), se involucró en campañas por los derechos de los antiguos esclavos y se casó con Lucy Gonzales, la hija de una esclava negra y su amo blanco. El matrimonio interracial y sus opiniones políticas abolicionistas les granjearon enemistades con los antiguos compañeros del ejército sureño y el temido Ku Klux Klan, por lo que tuvieron que huir de Texas y terminaron por instalarse en Chicago (Illinois).

Lucy Parsons

Una vez allí, la pareja transitó por una militancia socialista en los Knights of Labor para desembarcar en un activismo anarquista en la International Working People’s Association. Fundaron el periódico The Alarm y rápidamente se convirtieron en los sindicalistas más conocidos de la región. Tanto la policía de Chicago como el mismísimo Allan Pinkerton los llegaron a considerar “más peligrosos que mil personas causando disturbios”. El Jefe de Policía de la ciudad llegó a detener a Parsons en una ocasión mientras se dirigía a la sede del Chicagoer Arbeiter-Zeitung (un periódico socialista escrito en alemán), se lo llevó al ayuntamiento y, ante una treintena de concejales que pedían su ejecución, le aconsejó que abandonara el municipio por su propia seguridad.

La Revuelta de Haymarket

La huelga había logrado mantenerse no violenta gracias a la coordinación de August Spies, un joven líder anarcosindicalista y editor del precitado periódico alemán. Sin embargo, en su tercera jornada, algunos huelguistas se enfrentaron a los esquiroles que habían acudido a trabajar a las fábricas y la policía disparó contra ellos, matando a dos personas.

Indignados por la violencia policial, grupos anarquistas convocaron una manifestación al día siguiente, el 4 de mayo, en la plaza de Haymarket, el corazón comercial de Chicago. El primer borrador del panfleto de la convocatoria hacía un llamamiento a que la clase trabajadora acudiera armada al evento, pero Spies dijo que no participaría si se mantenía esa frase. Se redactó un segundo panfleto, retirándola, y se distribuyeron más de 20.000 copias, en inglés y en alemán, en un solo día.

Primera versión del panfleto, llamando a acudir armados

Al día siguiente, la concentración comenzó de forma pacífica. Albert Parsons y August Spies dieron largos discursos ante las cerca de 3.000 personas congregadas. Spies aseguró en su intervención que el objetivo de esa manifestación no era organizar disturbios, sino reivindicar la jornada laboral de ocho horas y explicar los últimos acontencimientos.

Varios agentes de policía observaban atentos a las personas congregadas, que se encontraban en una actitud pacífica. También se acercó a escuchar a los ponentes el alcalde de Chicago, Carter Harrison, el cual se marchó antes de que acabaran las intervenciones a la vista de que la multitud se encontraba muy tranquila.

A Spies le siguió en el escenario Samuel Fielden, un pastor metodista, albañil, anarcosindicalista y tesorero de la American Group. Spies permaneció en el escenario junto a él, mientras que Parsons les abandonó, junto a su amigo Albert Fischer, para atender otro mitin anarquista en Zepf’s Hall.

Fielden no había participado en la preparación de la manifestación, al haberse enterado tarde de su existencia y se había ofrecido voluntario para hablar en el último momento. Su discurso no duró más de diez minutos, pero fue apasionado y llamaba a la movilización. Mientras finalizaba su intervención, un numeroso grupo de policías se personó en el lugar, se acercaron al carro al que estaban subidos los oradores y empezaron a dispersar a la multitud. El inspector de policía John Bonfield ordenó a Fielden que detuviera su discurso y a las personas concentradas que se marcharan, a lo cual Fielden le contestó que se trataba de una reunión pacífica y que no tenían ningún derecho para interrumpirla.

En ese momento, alguien arrojó una bomba de fabricación casera hacia el grupo de policías, la cual detonó y mató a siete de ellos en el momento. Se trata de la mayor matanza de agentes de la historia del cuerpo de policía de Chicago. Una ciudad que, recordemos, albergó a Al Capone.

Este hecho fue seguido de un intenso tiroteo entre obreros y policías. El New York Times aseguró que los manifestantes dispararon primero, mientras que el historiador Paul Avrich sostiene que fueron los agentes quienes lo iniciaron, disparando sobre personas que huían del lugar. Sobre lo que sí hay consenso es que en escasos minutos la plaza se vació y 60 policías acabaron heridos, pero muchos de ellos por fuego amigo. El agente de policía Michael Schaack, encargado de investigar los hechos, escribiría tiempo después confesando que el alto número de heridos en su bando se debía a “excesos” cometidos por compañeros suyos.

En total siete agentes y cuatro manifestantes fallecieron ese día. Otro policía fallecería dos días más tarde a consecuencia de sus heridas. Se desconoce el número de trabajadores lesionados, pues muchos no acudieron a ser atendidos por médicos para evitar posibles detenciones.

Las detenciones

Al día siguiente, la policía llevó a cabo una redada en la sede del Chicagoer Arbeiter-Zeitung. August Spies fue detenido en el acto, así como su tipógrafo, Adolph Fischer.

Varios registros en domicilios de conocidos anarquistas se llevaron a cabo en los siguientes días y decenas de activistas fueron detenidos.

Entre las casas que se registraron se encontraba la del anarquista Louis Lingg, donde el 7 de mayo se encontró dinamita y materiales para fabricar bombas.

También fueron detenidos Samuel Fielden, Michael Schwabb (editor del Arbeiter-Zeitung), Oscar Neebe (quien intentó relanzar el Arbeiter tras las detenciones) y George Engel, conocido por ser un sindicalista muy activo, pese a que el día de los hechos había estado en su casa jugando a las cartas.

Albert Parsons no se encontraba en Chicago durante las detenciones, pero sabiendo que le estaban buscando y no queriendo abandonar a sus compañeros, se entregó a las autoridades.

En total ocho personas fueron acusadas de conspirar y organizar la matanza. A nadie se le atribuyó concretamente la acción de arrojar la bomba. Cinco de los acusados eran inmigrantes alemanes: August Spies, Louis Lingg, Michael Schwab, George Engel y Adolph Fischer. El sexto, Oscar Neebe, había nacido en Estados Unidos, pero era de origen alemán. Albert Parsons también había nacido en Estados Unidos y era de origen inglés. El octavo acusado, Samuel Fielden, había nacido en Inglaterra.

La condición de extranjeros de la mayoría de ellos tuvo un enorme peso en la sociedad estadounidense, que temía la invasión de “ideas revolucionarias extranjeras”, como bien explica Tom Goyens en su ensayo, publicado en 2007, Beer and Revolution: The German Anarchist Movement in New York (1880-1914).

De todos los acusados, solo August Spies y Samuel Fielden habían estado presentes en Haymarket durante la explosión.

El juicio

El juicio contra los ocho acusados arrancó el 21 de junio de 1886 y finalizó el 21 de agosto. El juez, Joseph Gary, no supo guardar las formas y se mostró muy hostil hacia los acusados a lo largo de todo el proceso.

La campaña de solidaridad con los acusados consiguió reunir 40.000 dólares para pagar a investigadores, cronistas que documentaran la totalidad del juicio y pagar los “modestos honorarios” de los abogados defensores, en palabras del historiador Paul Avrich.

La defensa fue liderada por el abogado William Perkins Black, un respetado veterano de la Guerra Civil condecorado con la Medalla de Honor y letrado de gran prestigio en Chicago. Sin embargo, su buena reputación no pudo soportar la decisión de defender a los anarquistas y, como consecuencia, fue condenado al ostracismo por sus compañeros y perdió muchos clientes. Le acompañaron en estrados los abogados Sigmund Zeisler (miembro de la Liga Antiimperialista), Moses Salomon y William Foster.

William P. Black

Los acusados no solo tuvieron que hacer frente al cuerpo de policía de Chicago, sino también al imperio mediático. El New York Times publicó un artículo titulado “La Mano Roja de la Anarquía” en la que describió el incidente como el “fruto sangriento de las viles enseñanzas de los anarquistas”. El Chicago Times describió a los procesados como los “consejeros de los disturbios, el pillaje, el incendiarismo y el asesinato” y les tachó de “brutos”, “rufianes”, “monstruos”, “cobardes”, “asesinos”, “ladrones” y “criminales”. El biólogo británico Edward Aveling llegó a decir que “si estos hombres finalmente son ahorcados, habrá sido el Chicago Times quien lo haya hecho”.

El relato del juicio del historiador Paul Avrich en su maravillosa obra The Haymarket Tragedy (1984) es apasionante desde el inicio. Según Avrich, la formación del jurado resultó especialmente tramposa, pues cualquier miembro de un sindicato o simpatizante del socialismo fue descartado de inmediato. De los doce miembros del jurado que se formó, muchos confesaron tener prejuicios hacia los acusados, bien por su condición de extranjeros, bien por sus ideas anarquistas. El juez Gary no lo consideró motivo suficiente como para excluirles.

Por su parte, el Fiscal Julius Grinnell era consciente de que casi ninguno de los ocho procesados se hallaba presente en el lugar de los hechos el 4 de mayo, por lo que basó su acusación en que los procesados no habían hecho nada por desalentar a la persona que arrojó la bomba, por lo que eran tan culpables como el autor.

Un total de 118 personas declararon en el juicio, entre ellos 54 agentes de policía. Destacó el testimonio del inspector Michael Schaack, quien lideró la investigación de los hechos. Schaack aseguró que había analizado la composición química de la dinamita de la explosión y que coincidía con la que se encontró en el domicilio de Lingg, por lo que concluyó que los anarquistas de la ciudad llevaban tiempo experimentando con explosivos. Oscar Neebe le espetó en una sesión del juicio que la banda criminal más peligrosa de la ciudad era la policía, que habían destrozado sus casas durante las redadas y habían robado dinero y relojes. Schaack respondió con una carcajada y Neebe le dijo “no se ría, Schaack. Es usted un anarquista, tal y como entiende usted este concepto. Lo son todos ustedes, en ese sentido, debo decir”.

Schaack fue expulsado poco después del cuerpo de policía por haber fabricado las pruebas que se utilizaron en el juicio, aunque fue reintegrado en 1892. Durante el tiempo que permaneció fuera del cuerpo publicó el ensayo Anarquía y Anarquismo (1889), que logró infligir rechazo y miedo hacia los anarquistas en la clase media estadounidense.

De los acusados, únicamente Fielden, Schwab, Spies y Parsons declararon en el juicio. Los discursos de todos ellos en general, y de estos dos últimos en particular, han llenado páginas de libros de historia judicial y anarquista. El libro Contra los Jueces (2009) analiza el discurso de August Spies, al que titula “Mi Defensa es Vuestra Acusación”.

¿Creéis, señores, que cuando nuestros cadáveres hayan sido arrojados a la fosa se habrá acabado todo? ¿Creéis que la guerra social se acabará estrangulándonos bárbaramente? ¡Ah, no! Sobre vuestro veredicto quedará el del pueblo americano y el del mundo entero, para demostraros vuestra injusticia y las injusticias sociales que nos llevan al cadalso” exclamó Parsons durante su turno de palabra.

El veredicto

El jurado declaró culpables a los ocho acusados. El juez Gary condenó a todos a muerte, salvo a Oscar Neebe, a quien impuso una condena de quince años de prisión.

Tras escuchar el veredicto, Louis Ling le dijo al jurado lo siguiente: “soy enemigo del orden de hoy y repito que con todas mis fuerzas, mientras tenga aliento para respirar, lo combatiré. Les desprecio. Desprecio su orden, sus leyes, su autoridad apuntalada por la fuerza. Ahórquenme por ello”.

George Engel, por su parte, profirió el siguiente discurso: “Es la primera vez que comparezco ante un tribunal norteamericano, y en él se me acusa de asesino. ¿Y por qué razón estoy aquí? ¿Por qué razón se me acusa de asesino? Por la misma que me hizo abandonar Alemania; por la pobreza, por la miseria de la clase trabajadora. Aquí también, en esta «República Libre», en el país más rico de la tierra, hay muchos obreros que no tienen lugar en el banquete de la vida y que como parias sociales arrastran una vida miserable. Aquí he visto a seres humanos buscando algo con que alimentarse en los montones de basura de las calles.

[…] Cuando en 1878 vine desde Philadelphia a esta ciudad creí iba a hallar mas fácilmente medios de vida aquí, en Chicago, que en aquella ciudad, donde me resultaba imposible vivir por más tiempo. Pero mi desilusión fue completa. Entonces comprendía que para el obrero no hay diferencia entre Nueva York, Philadelphia y Chicago, así como no la hay entre Alemania y esta tan ponderada República. Un compañero de taller me hizo comprender, científicamente, la causa de que en este país rico no puede vivir decentemente el proletario. Compré libros para ilustrarme más y yo, que había sido político de buena fe, abominé de la política y de las elecciones y comprendí que todos los partidos estaban degradados y que los mismos socialistas demócratas caían en la corrupción más completa.

Entonces entré en la Asociación Internacional de los Trabajadores. Los miembros de esta Asociación estamos convencidos de que sólo por la fuerza podrán emanciparse los trabajadores, de acuerdo con lo que la historia enseña. En ella podemos aprender que la fuerza libertó a los primeros colonizadores de este país, que sólo por la fuerza fue abolida la esclavitud y que, así como fue ahorcado el primero que en este país agitó a la opinión contra la esclavitud, vamos a ser ahorcados nosotros.

[…] ¿En qué consiste mi crimen? En que he trabajado por el establecimiento de un sistema social donde sea imposible que mientras unos amontonen millones […], otros caen en la degradación y la miseria. Así como el agua y el aire son libres para todos, así la tierra y las invenciones de los hombres de ciencia deben ser utilizadas en beneficios de todos. Vuestras leyes están en oposición con las de la naturaleza y mediante ellas robáis a las masas el derecho a la vida, a la libertad y al bienestar […] La noche en que fue arrojada la primera bomba en este país, yo estaba en mi casa y no sabía una palabra de la ‘conspiración’ que pretende haber descubierto el ministerio público. Es cierto que tengo relación con mis compañeros de proceso, pero a algunos sólo los conozco por haberlos visto en las reuniones de trabajadores. No niego tampoco que he hablado en varios mítines ni niego haber afirmado que, si cada trabajador llevara una bomba en el bolsillo, pronto sería derribado el sistema capitalista imperante. Esa es mi opinión y mi deseo, [pero] no combato individualmente a los capitalistas; combato al sistema que produce sus privilegios. Mi más ardiente deseo es que los trabajadores sepan quiénes son sus enemigos y quiénes sus amigos. Todo lo demás merece mi desprecio. Desprecio el poder de un gobierno inocuo. Desprecio a sus policías y a sus espías.

En cuanto a mi condena, que fue alentada y decidida por la influencia capitalista, nada mas tengo que decir”.

Las condenas

Una vez que el Tribunal Supremo desestimó el recurso interpuesto por la defensa, el gobernador de Illinois, James Oglesby conmutó la pena de muerte de Fielden y Schwab por una condena a cadena perpetua. Lo hizo el 10 de noviembre de 1887. A Parsons se le advirtió que seguramente podría conseguir el mismo beneficio, debido a su fama, su pasado militar, a que se había entregado voluntariamente y a su nacimiento en Estados Unidos, pero se negó a pedir clemencia al gobernador, pues consideraba que se entendería como un reconocimiento de su culpabilidad.

Esa misma noche, Louis Ling se suicidó con un explosivo que consiguió colar en la prisión. Se lo puso en la boca como si se tratase de un cigarro y la detonación le voló media cara, pero no murió en el acto y tardó seis largas y agonizantes horas en fallecer.

Al día siguiente, Engel, Fischer, Parsons y Spies fueron ejecutados en la horca. Como habían hecho en incontables manifestaciones anteriores, cantaron La Marsellesa, el himno revolucionario por excelencia, antes de subir al cadalso. Engel y Fischer gritaron “viva la anarquía” antes de morir y Parsons exclamó “llegará el día en el que nuestro silencio será más poderoso que las voces que ahogáis hoy. Dejad que se escuche la voz del pueblo”.

Desde entonces se les conoce como los Mártires de Chicago.

Los siete condenados a muerte

Lucy Parsons intentó ver a su marido una última vez, pero fue detenida antes de llegar a la prisión y registrada por si portaba alguna bomba y no pudo lograr su objetivo.

En 1893, el nuevo gobernador de Illinois, John Peter Altgeld, un inmigrante alemán, indultó a Fielden, Neebe y Schwab, asegurando que habían sido víctimas de la “histeria, juicios injustos y prejuicios” y que el Estado “nunca ha descubierto quién tiró la bomba y nunca han existido pruebas que demuestren que estuvo relacionado con los condenados”.

Los tres rehicieron sus vidas tras el indulto. La mujer de Oscar Neebe falleció mientras estuvo en prisión y, a su salida, se casó de nuevo y regentó un bar. Se afilió al sindicato International Workers of the World (IWW) que fundaría Lucy Parsons en 1905.

Michael Schwab continuó escribiendo para el Arbeiter-Zeitung a su salida y abrió una zapatería en la que, además de remendar calzado, vendía libros sobre derechos laborales. Terminaría abandonando el anarquismo por el socialismo internacional y falleció cinco años después de salir de prisión, a consecuencia de cómo la cárcel había afectado su estado de salud.

Samuel Fielden compró un rancho en Colorado y se instaló allí con su familia.

¿Quién arrojó realmente la bomba?

Se ha especulado mucho sobre la autoría de la persona que arrojó la bomba. Años después de los hechos, el Gobernador Altgeld lo achacó a un obrero que había sufrido una paliza a manos de la policía unos días antes.

Johann Most, editor del periódico Feiheit, consideró que la acción estaba “legalmente justificada” y que “desde un punto de vista militar, fue excelente. Gloria al que manufacturó la bomba y la utilizó”.

El periódico Workmen’s Advocate, por su parte, lo atribuyó a un agent provocateur de la Agencia Pinkerton, postura que fue compartida por Albert Parsons durante el juicio.

William y Lizzie Holmes, un matrimonio amigo de los Parsons, discreparon de la teoría de su compañero. Aseguraron que habían descubierto que alguien leyó el primer borrador del panfleto, que exhortaba a acudir armados a la manifestación y un grupo de acción decidió organizar el atentado. Sin embargo, cuando la decisión de portar armas se revocó, se informó por canales internos de desistir del mismo, pero el mensaje no llegó a uno de ellos y éste continuó con el plan.

Los anarquistas de Detroit, Dyer Lum y el doctor Urban Hartung, tenían una teoría similar. Afirmaban que su compañero Robert Reitzel les contó la identidad de la persona que tiró la bomba y añadió “pero olvidémonos de ello; incluso si hubiera confesado, no podría haber salvado la vida de nuestros compañeros”. Lum, que publicó un libro sobre los hechos y el juicio en el que no revela quién fue, siempre ha sostenido que de los acusados ninguno sabía quién era el autor y que su nombre no se mencionó ni una sola vez en todo el proceso.

John Bernett, un testigo de los hechos, declararía en el juicio que durante la concentración en Haymarket se encontraba situado justo detrás de la persona que arrojó la bomba y la describió físicamente. Su descripción encajaría con la que proporcionó John Philip Deluse, el dueño de un bar en Indianapolis, que explicó en la vista que el 1 de mayo un viajero procedente de Nueva York se tomó un trago en su establecimiento portando una bolsa, explicó que viajaba a Chicago y que llevaba algo que iba a provocar mucho ruido. “Lo oirás pronto”, le dijo antes de marcharse.

La policía atribuyó la acción al anarquista Rudoplh Schnaubelt, aunque nunca contaron con pruebas al respecto y su descripción no encajaba con la facilitada por Bernett y Deluse. Schnaubelt, al igual que muchos otros anarquistas, había sido detenido después del incidente, pero luego había sido puesto en libertad y acto seguido desapareció de Chicago. Esto se descubrió días después, cuando intentaron detenerle de nuevo y lo consideraron como una prueba definitiva de su culpabilidad. Él, por su parte, desde Argentina escribió una carta en abril de 1887 a Die Autonomie negando su participación en los hechos, asegurando que “si hubiera arrojado la bomba no me arrepentiría de ello, pero lo cierto es que es algo que no se había ocurrido”.

Rudolph Schnaubelt

En 1908 el escritor inglés Frank Harris publicó el libro La Bomba, en el cual aseguraba que Rudoplh Schnaubelt confesó haber matado a ocho personas tirando una bomba desde su lecho de muerte en Bavaria. El anarquista alemán Max Baginski tachó el relato de “ridículo”, pues aseguraba que Schaubelt no había estado en Alemania y que seguía vivo.

¿Tenía razón Baginski? Todo parece indicar que sí. En 1915, Maria Schwab, hermana de Rudolph Schnaubelt y viuda de Michael Schwab (uno de los Mártires de Chicago indultados) viajó a Argentina y vio a su hermano por primera vez en tres décadas. Había decidido visitarle para comunicarle que su hermano Edward, que también había participado en el movimiento internacionalista en Chicago, se había instalado poco después de los hechos de 1886 en California junto con su familia, pero que  en 1913 unos especuladores que querían comprar sus tierras le asesinaron en sangre fría. Su tumba, sita en Trinidad, lee “Asesinado por el Capitalismo”.

Rudolph Schnaubelt se había casado con una joven berlinesa y había fundado una empresa de maquinaria agrícola en Buenos Aires, adoptando un estilo de vida burgués. Continuó carteándose con su hermana Maria hasta la muerte de ésta en 1927. Nunca más se supo de él, pero siempre ha negado la autoría de la matanza.

Legado de los Mártires de Chicago

Mientras esperaban a ser ejecutados, los acusados escribieron sus autobiografías. Lucy Parsons publicaría la de Albert Parsons y, años después, fundó el sindicato IWW.

La influencia de la huelga que comenzó el primero de mayo de 1886 y de los Mártires de Chicago ha sido enorme en el movimiento obrero internacional. La anarquista Emma Goldman consideró los hechos “la influencia más decisiva de mi existencia” y como un hecho que “despertó la conciencia social de miles de personas”.

Tras su muerte, Goldman fue enterrada, por expreso deseo suyo, en el cementerio de Forest Park, junto a todos los Mártires menos Samuel Fielden, quien fue enterrado en Colorado.

En 1888, la American Federation of Labor propuso en la Segunda Internacional, en París, que el Primero de Mayo se convirtiera en el Día Internacional del Trabajo y que se centraran los esfuerzos de todos los sindicatos en lograr la jornada de ocho horas. El primer país en lograrlo fue España, en 1919, tras la Huelga de la Canadiense. Pero ésa es una historia para otra ocasión.

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