201710.05
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¿Kapuściński en Barcelona?

Por Alejandro Gámez. Publicado en El Salto

Salgo del metro Plaza de España un poco pasadas las ocho de la mañana, bajo un cielo encapotado que no presagia nada bueno, y me encamino al Institut Rubió i Tudurí, en la calle Dalia, a 200 metros escaso del Caixaforum. Ya están allí Eva, su hijo Jordi y algunos vecinos suyos, desperdigados entre un grupo de unas 60 personas esperando para la cola de la votación en cuanto abra el instituto a las 9. Las tan comentadas urnas habían llegado subrepticiamente un par de horas antes. Me tomo esta jornada como un experimento de periodismo humano e intento recordar qué haría, diría, miraría, el periodista polaco en esta situación.

La gente con la que hablamos delante o detrás en la cola coinciden en lo mismo: Hay que votar porque la situación actual es del todo intolerable. Se repite la expresión Estado de sitio varias veces… junto con muchos, muchos chistes sobre Piolín y el escondite de las urnas, pues de alguna forma hay que conjurar la tensión ante los inciertos escenarios que se abren: ¿Qué hará la Policía Nacional y la Guardia civil si encuentran muros humanos custodiando las urnas? ¿Tendré valor para estar en primera linea de la desobediencia? ¿Y los Mossos, hasta dónde cumplirán las órdenes del General de la guardia civil que les manda estos días? ¿Desembocará en violencia en algún colegio? ¿Se detendrá a los cargos políticos? Y sobre todo ¿Qué cullons pasará mañana? Eva está tranquila porque además de ser de natural inconsciente, sabe que no hay efectivos suficientes de policía para cerrar los miles de colegios electorales y que el Govern debe tener planes a, b, c y hasta omega. Pero Jordi está más inquieto, no sabe si acabaremos en una guerra campal justo en su colegio. Jordi no es independentista, aboga por un régimen federal dentro de España, pero cree necesario demostrar que hay ganas de ser escuchado.

Una vecina de Eva y Jordi, emparejada con el francés que le acompaña, abre los ojos al enterarse de que vengo de Madrid, mientras asegura lo primero que ella hubiera votado No hasta hace unas semanas, pero que ahora lo tiene claro. Entre la poca brisa y la llovizna las pocas esteladas y senyeras que hay más que ondear se abrazan a las espaldas de sus jóvenes.

Durante estas conversaciones, tres hechos relevantes suceden casi seguidos: El único coche de los Mossos que había se va entre aplausos de los asistentes; por otra esquina vemos pasar cerca de cuarenta furgonetas de antidisturbios bajar por Ferrer i Guardia desde Montjüic a toda velocidad con luces puestas y destino desconocido; y finalmente los jóvenes y algún adulto que han pasado la noche en el colegio para evitar su cierre son despedidos entre aplausos y coros de “Votarem”. La mayoría de ellos están cansados, despistados, casi ni aciertan a sentir el orgullo de ser homenajeados por sus vecinos.

Para cuando abren las votaciones ya hay lo menos 600 personas haciendo una cola tipo “gusanito” en el patio exterior del Instituto. La primera noticia, previsible por lo lento que avanzamos, es que se ha caído el sistema informático de las votaciones (Lo ha tirado la policía, dicen). Un hombre de la organización dice que tranquilos y seamos pacientes, que funciona una de las siete urnas y el resto están arreglándose.

Empiezan a llegar las primeras noticias por whatsapp. Olga me escribe poco pasadas las 9 desde el colegio en el que está con algunos amigos contándome que hay cargas policiales por la calle; ha visto y escuchado disparar escopetas en manos de la policía, pero no sabe tanto como para distinguir si son de pelotas de goma, de fogueo o cualquier otra utilidad. Viene para nuestro colegio porque no le apetece lo más mínimo verse en medio de la gresca.

Euli nos escribe sobre las 9:30 desde el Colegio de los Jesuitas de la calle Casp, diciendo que en el Institut Jaume Balmes, a solo cuatro manzanas de ella, la policía ha entrado por la fuerza apartando y empujando a la gente y se han llevado las urnas. Votantes de ese Institut con el susto en el cuerpo han bajado a su colegio para votar, ahora que se ha declarado que hay “circunscripción única”. Nunca sabremos cuántos decidieron irse a sus casas tras este embate policial. La hermana de Euli, embriagada de juventud, le dice a sus padres, pues votaban los cuatro en familia, que se vayan a casa, que si viene la policía ya están muy mayores para aguantar empujones y zarandeos, que ya se encargan los jóvenes de resistir para proteger las urnas y que este Colegio con sus batientes de hierro forjado será hueso duro para los arietes de los antidisturbios. Pero sus padres se quedan, ¡Cómo van a dejar solas a sus hijas! Finalmente, la policía nunca llegará a desplegarse en el Colegio de los Jesuitas de Casp, cuyo director puso comida y café para los votantes que se acercaron durante todo el día.

En nuestro colegio hay más expectación y aburrimiento que tensión. Reina la impresión de que la batalla no se ganará con votos emitidos ni con urnas requisadas, sino con las fotos de la gente haciendo colas interminables ante los colegios. Los móviles echan humo y el whatsapp es sepultado bajo un aluvión de noticias, fotos y vídeos de actuaciones policiales por toda la región. Hay que darle publicidad a todos estos desmanes, insisten algunos, publicadlo en Facebook y en Twitter, dicen otros. Los vídeos se repiten, se pasan y traspasan entre la gente. La indignación y el cabreo van creciendo al verse por décima vez los empujones a los abuelos y los tirones de pelo a las mujeres. Momento álgido del sentimiento de impotencia es ver a un antidisturbios dar una patada con saña a una persona, tirada a la fuerza previamente, en unas escaleras. Fils de puta y cobardes se escucha bastante.

También llegan otras fotos y vídeos, incluyendo algunos de gente lanzando vallas de metal contra los policías sin llegar a tocarlo. Los más emocionantes son los que muestran primeros planos de las primeras filas de personas abrazadas, entrelazadas, fundidas… entre ellas para resistir el embate de la policía y guardia civil que intenta entrar en los colegios y se ven obligados a sacarlos a rastras y tirones. Las murallas de Tebas no habrían resistido mejor la acometida de los ejércitos de Polínices. Incluso hay un vídeo de un pueblo en el que la gente congregada en la calle hace retroceder al propio dispositivo policial. Resistencia pacífica, desobediencia civil en estado puro, hombres y mujeres hablando con abrazos y cantando con sus ojos cerrados ante la sombra del casco policial. En este caso, el motivo son los colores de una bandera. Ryszard Kapuściński decía que las fronteras son las más de las veces estrés y miedo, y las menos, liberación. Aquí no saben aún de qué tipo será.

La cola sigue sin avanzar y no logran arreglar el sistema informático de las seis urnas inutilizadas. Yo me quedo sin batería a eso de las 12:00 tras haber mandando varios vídeos a amigos y compañeros de despacho en Madrid. Estoy pegada a la televisión desde las 9, dice Juan, y Marta añade qué horror tras los vídeos. Enrique, otro vecino, me detalla las veces que ha visto en directo al Boss y me asegura que pagar los 80.-€ que cuesta merece mucho la pena, que es enorme en el escenario, una bestia. Yo es que siempre me he resistido a pagar ese dineral por un concierto, aunque le oiga todos los días. También afirma, espontáneamente, que nunca habría creído que acabaría compartiendo una iniciativa social o política con la burguesía catalana, con el PDCat. Resulta curioso que en todo el fin de semana no conocí a ningún simpatizante de PDCat, y eso que este colegio está en Plaza de España, una zona acomodada.

Me quedo solo porque estos salen a fumar y entablo conversación con una pareja detrás de mí. La inician con un chiste en catalán que obviamente no comprendo y al decirles que no lo hablo y que soy de Madrid me miran perplejos, hasta desconfiados. Les digo que quería estar aquí este fin de semana, vivir este momento de primera mano y sentir el latir de la gente que se está jugando porrazos o multas por poner una papeleta en una urna. Entonces sonríen y lo agradecen. Hemos recibido muchos agradecimientos este fin de semana. Como la mayoría de la gente con la que he hablado antes, vienen a votar espoleados por el mensaje que les ha enviado el Gobierno Español en el último mes: Las denuncias de sedición, la intervención de urnas y papeletas, las entradas y registros sin autorización judicial, las detenciones de altos cargos, el despliegue policial… Para esta pareja ya no es cuestión de independencia, unidad ni federalismo, sino de seguir un camino junto a quien te desprecia o forzar nuevas rutas.

Les comento lo forzado de un pulso político partidista entre dos gobiernos que arrastra irremediablemente a la gente ordinaria. Lo admiten, el futuro inmediato ya no depende de ellos, pero hay que tomar una decisión en este caso y ellos saben donde están, con los que votan antes que con los que no dejan votar. Recalcan que son y han sido siempre pacíficos, que solo quieren que se sepa con certeza cuánta gente quiere o no un régimen diferente. Que conocen a gente que votará No, pero vendrá a votar. Aseguran que también les incomoda la alianza con PDCat y no saben explicar por qué. Son agradables y sonríen muchísimo.

Esta pareja insiste en que esta movilización debe convencer al Gobierno español de que es necesario sentarse a negociar algún tipo de consulta pactada. Que la Declaración Unilateral de Independencia tampoco tiene sentido si no se escucha a toda la población. Pero que no tienen ni idea de lo que podrá hacer el Govern catalán esta noche, mañana, pasado… les preocupa mucho más el 2-O que el 1-O. Nos despedimos porque estoy preocupado por mis amigas: se fueron a fumar hace una hora lo menos. Resulta que el servicio de organización no les deja entrar una vez salidos del edificio. Tras mucho insistir logran entrar a tiempo para que Eva vote. Su hijo Jordi se había ido un rato antes. Son ya las 3 de la tarde y llevo allí desde las 8:30.

Eva se queda en el Colegio para defender las urnas en caso de que aparezca la policía; Eva tardó años en llegar a la conclusión de que la lucha por los derechos sociales, la de la izquierda, pasa antes por la independencia, aunque tampoco me convence su argumento. Olga y yo nos vamos para Iridia, una organización de defensa de los derechos humanos que ha montado junto con otras organizaciones un dispositivo de observación y seguimiento de vulneraciones de derechos humanos durante las votaciones. 70 observadores en equipos de tres personas se han dividido la ciudad para recoger agresiones físicas e intentar documentarlas con testigos, fotos y vídeos.

Allí andan Andrés y Anaïs, atareados de acá para allá, con varias compañeras permanentemente conectadas al móvil y al portátil, recogiendo las noticias al minuto, como los centros de inteligencia del FBI de las películas, pero en precario y sin pantallas gigantes que reproduzcan imágenes ampliadas de satélites. Nos vamos con Xavi y Laura para la Federación Catalana de ONGs, donde los equipos de observación se están reuniendo para poner en común sus fichas y documentos y así sacar un informe rápido.

Laura se une con Mireia para tomar los datos de un equipo que acaba de llegar, mientras Xavi, Olga y yo “pasamos a limpio” los resúmenes tomados a marchas forzadas de equipos anteriores. Hay unas lentejas fantásticas esperándonos a que acabemos la tarea. Los informes recogen, principalmente, empujones, bofetadas y arrastrones a la gente por la policía y la guardia civil en el momento de entrar a por las urnas. En el Colegio Mediterráneo, dice una ficha, han apartado a señoras y señores mayores mientras atravesaban los pasillos y al llegar a las salas de la votación han dispersado a empujón limpio a los presentes, de todas las edades. Dos señores de mediana edad que han intentado acercarse a las señoras mayores se han llevado sendos guantazos. A otro señor mayor lo han arrastrado por el suelo. A gente de todas las edades que se aferraban a las urnas las han empujado y dado en cabeza y torso hasta soltar las urnas. Hay fotos de las lesiones y testigos que han dejado sus datos de contacto, pero no vídeos del momento. Nadie ha levantado una mano contra la policía.

Son ya las 8 y vamos a irnos a ver qué sucede con el cierre de los colegios, pero aparece de improviso Montse, otra observadora, con nuevos casos de agresiones de ese mismo colegio. Viene de buen humor a pesar de las noticias que porta y lo primero que nos dice cuando le pedimos que lo explique en español y no en catalán es que ella iba a votar que no, pero que al final ha decidido que sí tras lo que ha visto y le han contado.

Montse nos cuenta historias similares a las que hemos pasado a limpio. A un apoderado le han arrancado con un golpe la tarjeta de plástico que llevaba colgando, lacerándole el cuello. A un chaval joven, un antidisturbios amante de Sabina le ha pegado dos bofetones, uno por mejilla. A un señor mayor le han tirado al suelo de un empujón al ponerse delante de otra señora mayor que estaba junto a una urna cuando han llegado para requisarla. Ninguno ha visto ningún acto de violencia contra la policía.

Circulan también fotos y opiniones de la actuación encomiable de los Mossos con su negativa a ejercer la violencia contra su gente, y encumbrados ahora a la categoría de defensores del pueblo recuerdo las imágenes de estos apalizando a detenidos en sus comisarías, en blanco y negro, y a 15Meros en Plaza de Cataluña, en color. Resulta curioso como el concepto de identificación, de “lo tuyo y lo otro” marque tanto las fronteras para ejercer o no la violencia, para tolerar o no la violencia de otros.

Dejamos a Laura y Mireia en la Federación para marchar a Plaza de Cataluña. Son las 9, la jornada electoral toca a su fin y ahora viene la cuestión fundamental de este día, la que en teoría debería marcar la hoja de ruta de los partidos políticos en liza: ¿Cuánta gente ha ido a los colegios a pesar de las advertencias de actuación policial? Mucha gente sería gesto inequívoco de que hay sentimiento popular de ser escuchadas, en un sentido o en otro; poca gente significaría que el pulso es solo un duelo entre gobernantes narcisistas ávidos de pasar a la historia. Eva nos dice que finalmente no ha pasado nada en su colegio y respiramos aliviados por ella, porque sabemos que si hubiera sucedido algo ella estaría en primera fila. “Los catalanes hacemos cosas” se escucha vitorear en la Plaza, mensaje directo al Gobierno español y, más en concreto, a su presidente Rajoy.

Cuando nos encontramos con Euli y su hermana, a eso de las 21:30, aún no sabemos el resultado de la participación ni de la votación y en Plaza de Cataluña el acto de cierre no es especialmente multitudinario, pues se puede pasear sin problemas por la plaza. Y nos vamos a por unas cañas a la espera del 2-O, mientras tararean Txarango por la acera sin saber si sonreír o entristecerse por las últimas horas vividas.

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N.a.. A todos las que se hayan sentido ofendidos por haber citado a Ryszard en el encabezamiento para luego descubrir un artículo malo e insulso, tienen razón y les pido disculpas. Era un sencillo gesto de admiración y dudo que jamás tenga la capacidad literaria para homenajearle mejor.

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