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Media vida en el Barco de Piolín

Por Daniel Amelang. Publicado en El Salto

Cansancio de comer pasta y pescado cada día, la falta de entretenimientos, los pasillos llenos de ropa tendida porque nadie se atreve a colgarla en cubierta donde ya ha habido robos, o las guardias en lugares inhóspitos…”. Unos días después de los hechos del 1-O en Barcelona, El País publicó un artículo titulado “Un mes en el barco de Piolín” en el que se relataba lo escrito sobre estas líneas y lo siguiente:

Hay atascos diarios de los váteres en los camarotes”, “luces que no encienden porque faltan bombillas”, “la tripulación italiana, descamisada y con tatuajes, por los pasillos no limpian las habitaciones nada más que una vez a la semana, si estás allí, si has salido por lo que sea te lo has perdido”, “nada de entretenimiento: ni cine, ni actividades, solo un par de televisiones en el salón principal pero sin voz, solo verlas”, “la gente hace deporte donde puede y con su dinero se están comprando material deportivo”, “en el bar las cervezas cuestan 2,10 euros y los refrescos 2,80, así que todo el mundo a beber alcohol, ya se hacen botellones en el salón principal”, “las habitaciones para dos son muy pequeñas, las duchas pequeñas, es un barco para pasar un par de días y llevamos aquí metidos un mes”, “no tenemos ni armarios para la ropa, ni nada, así que todo tirado encima de las camas”, “no podemos tender porque ha habido robos en cubierta, así que todo colgado por los pasillos que parecen los de una cárcel turca y algunas barandillas ya se han caído por el peso”, “las bolsas de basura se amontonan en los pasillos de entrada a la espera de su recogida que se hace una vez al día, pero el contenedor principal está justo a la entrada del barco, por la popa, y los olores se meten dentro, además de un chorreo de restos esparcidos por el suelo que atraen moscas, mosquitos y ratas”, “en los camarotes apenas llega Internet, porque estamos al final del puerto”, “han puesto un Wifi en el bar que marcha a trancas y barrancas, con 30 dispositivos conectados se bloquea”, “el agua del restaurante es caliente”, “no tenemos nevera en ningún sitio donde mantener algo frio, así que agua caliente siempre o cerveza”, “la comida, pasta y pescado, es escasa y repetitiva”… Y por si fuera poco, señalan, “nos ponen a hacer guardias de ocho horas en unas garitas de seguridad del barco, al sol vivo, en algunas no se puede ni entrar porque están mal colocadas, no hay ni agua, ni una mesa, ni un termo, y nos hemos ingeniado una sombra improvisada con un cartón y un resto de camión“.

La verdad es que, salvo por los italianos y tatuajes – no tengo nada en contra de unos y de otros – la vida en el barco de Piolín suena horrible. Desde luego, no querría tener que alojarme yo en ese buque bajo ningún concepto.

Camarotes pequeños, nada de entretenimiento salvo un par de teles, sin armarios para la ropa, falta de higiene, mala iluminación… Cuando leí la noticia lo que se me vino a la mente era, salvando las distancias, las condiciones en aislamiento penitenciario. Sí, es una comparación un poco extraña. Evidentemente, las diferencias entre el barco de Piolín y la vida en un módulo de primer grado son muchas y variadas, pero existen innegables paralelismos entre unos y otros, sobre todo en relación a la falta de movilidad y de espacio. A modo de ejemplo, mi compañero Andrés García Berrio publicó un artículo titulado “¿21 horas al día en una celda?”, publicado enElDiario.es en abril de 2016, que relataba lo siguiente:

Raquel pasó sus últimos 6 meses de vida en una celda de apenas 10 metros cuadrados en la que pasaba no menos de 21 horas diarias completamente sola. Las tres horas restantes se las repartía entre la ducha y las horas de patio. Le llaman patio a un espacio de unos 15 o 20 metros cuadrados de cemento donde lo único que podía hacer era tomar un poco el aire libre y hablar con otra persona con la que compartía el espacio. En realidad, más que un patio, estaríamos ante una celda al aire libre. No tenía actividades, no tenía nada más que hacer que esperar que pasara el tiempo. Y así, un día tras otro”.

Este es el día a día de las miles de personas presas que se encuentran clasificadas en primer grado penitenciario. En una carta escrita a su pareja el 24 de diciembre de 2014, Raquel escribió “Joder! Qué hago? Me estalla el cerebro de tanto leer. Llevo 12 días sin salir al patio. Tengo fiebre, a ver si me traen los antibióticos. Necesito respirar, moverme, hacer gimnasia. Me estoy volviendo loca, no puedo más”. Cuatro meses después, el 11 de abril de 2015, se suicidó dejando una carta póstuma dirigida al Juzgado de Vigilancia Penitenciaria en la que denunciaba una situación continuada de malos tratos.

Imagina pasar 21 ó 22 horas al día en una celda dotada exclusivamente de una cama, un lavabo y una bombilla. Nada más. Lo único que puedes hacer es leer. Y sólo si tienes la suerte de contar con un grupo de gente apoyándote desde el exterior que te hará llegar paquetes de libros y revistas cada 15 días. También con suerte y dinero, puedes ver la tele. Tendrás que pagar unos 300 euros por una de las que venden en el economato de la prisión.

Puedes bajar al patio dos o tres horas al día acompañado/a de una única persona. Esa persona también está en aislamiento y probablemente no la conoces de nada. Más vale que te caiga bien, porque será el tipo o tipa más cercana a ti de ahora en adelante. Si tienes buena fortuna, en el patio de diminutas dimensiones tendrán un balón con el que jugar. Un par de horas después, vuelves a la celda a ver el programa cutre que echen en la televisión. Y así todos los días durante semanas, meses o años.

Se pueden leer numerosas experiencias en este régimen de vida en varios libros y documentos, pero recomiendo encarecidamente el dossier con información sobre la realidad del cumplimiento en primer grado elaborado por ASAPA (Asociación de Seguimiento y Apoyo a personas Presas en Aragón) durante el año 2011, fruto de varias entrevistas y recopilación de documentación de diecinueve personas que pasaron durante ese período por las galerías de aislamiento de la prisión de Zuera para cumplir condena (alguno de ellos como preventivo), documento elaborado con el fin de que por parte de los organismos internacionales que trabajan en el ámbito de la prevención de la tortura se evaluara el grado de cumplimiento de las obligaciones del estado español a este respecto.

Las principales conclusiones del documento tienen que ver con ausencia de actividades o estímulos que contrarresten los efectos del aislamiento, la quiebra del derecho a la salud –en especial recurso a los psicofármacos en una especie de monopolio de asistencia sanitaria-, la indefensión en supuestos de malos tratos o torturas físicas y la dispersión generalizada.

Entre los distintos efectos adversos para el individuo que tienen lugar en una institución total como la prisión se incluyen la deshumanización, desculturación, manipulación del “yo”, alta tensión psíquica, estado de dependencia y estigmatización, entre otras. No en vano, el Comité de Prevención de la Tortura (CPT) del Consejo de Europa escribió que “el régimen de aislamiento puede repercutir muy negativamente en la salud mental, física y en el bienestar social de los afectados por la medida” tras su visita a España en 2011.

El informe de la Coordinadora Catalana de Prevención de la Tortura titulado El Aislamiento Penitenciario en Catalunya desde una mirada de defensa de los derechos humanos (abril 2016) enumera las consecuencias físicas o fisiológicas del aislamiento de la siguiente manera: problemas gastrointestinales, cardiovasculares, genito-urinales, migrañas y fatiga profunda, en los que se constatan síntomas como palpitaciones, transpiración excesiva súbita, insomnio, dolores dorsales y articulares, deterioro de la vista, falta de apetito, pérdida de peso y diarrea, letargia y debilidad, temblores, sensación de frío y agravación de los problemas de salud preexistentes.

Por su parte, las consecuencias psicológicas cuyos síntomas se han comprobado pueden manifestarse de forma gradual hasta las agudas o crónicas. Las categorías conocidas son las siguientes: (1) angustia: desde la sensación de tensión hasta crisis de pánico (irritabilidad, miedo a una muerte inminente); (2) depresión: desde un bajo el estado anímico hasta la depresión clínica (pérdida de reactividad emocional, sentimiento de impotencia, perdida del deseo a vivir); (3) cólera: desde la ira hasta rabia profunda (hostilidad, imposibilidad de contener los impulsos, acceso de violencia física y verbal en contra de uno mismo, del otro o de objetos, rabia no contenida); (4) problemas cognitivos: desde falta de concentración a estados de confusión alta (pérdida de memoria, confusión y desorientación); (5) distorsiones de la percepción: desde hipersensibilidad hasta alucinaciones; (6) paranoia y psicosis: desde pensamientos obsesivos a psicosis caracterizadas; y (7), por último y más terrible, automutilación y suicidio.

Si unos agentes de policía que han pasado un mes en el barco de Piolín, con derecho a salidas, con Wifi y con cerveza en el bar han acusado estrés y ansiedad, imaginaos a una persona que pase – literalmente – media vida en una celda de dimensiones similares. Las consecuencias sobre la psique son tremendamente dañinas y, habitualmente, irreversibles. Alguna persona me dirá que resulta injusto comparar la situación entre los policías y las presas porque los primeros no han cometido ningún delito y los segundos sí. A estas personas les recuerdo que la prohibición de la tortura es universal y se aplica a todo el mundo, con independencia de lo que haya podido hacer.

El Comité Contra la Tortura de Naciones Unidas considera en su Informe de 3 de abril de 1996 que “las condiciones de cumplimiento en régimen de 1er grado –horas de celda, restricciones, exclusión de actividades en común, privación sensorial… podría considerarse como trato prohibido en virtud del artículo 16 de la Convención Contra la Tortura (trato o pena cruel, inhumana o degradante)”. Esto fue reiterado en el Informe de 2002 sobre el estado Español (apartado 11/d). Y en las observaciones finales del sexto examen periódico a España –mayo de 2015- en su apartado 17 señala que “una aplicación excesiva del régimen de aislamiento constituye un trato o pena cruel, inhumana o degradante, e incluso tortura en algunos casos”.

Por su parte, el CPT del Consejo de Europa reiteradamente ha venido insistiendo, entre otras, en la necesidad de reducir los tiempos de permanencia en aislamiento (por supuesto incluyendo al régimen de primer grado en estas consideraciones), de prestar la asistencia sanitaria correspondiente y cesar la aplicación del régimen en caso de deterioro de la salud, y de ofrecer actividades, alicientes y estímulos que contrarresten el encierro. Como resultado de sus visitas a las galerías de aislamiento de las prisiones españolas (y catalanas – especifico por la cuestión competencial) se ha constatado reiteradamente por el Comité el incumplimiento de sus criterios y estándares por el gobierno, siendo particularmente ilustrativo el informe resultante de su última visita a estas dependencias en 2011.

Todo ello nos lleva a concluir que el aislamiento es una forma de tortura, conocida como tortura blanca. Resulta innegable que el sistema cuenta con serias carencias que agravan de forma inaceptable la situación para los reclusos: desatención médica, falta de programas de reinserción y de contacto con el exterior, condiciones de salubridad deficientes, ausencia de mecanismos de control adecuados, etc. Pero incluso si todos estos fallos se corrigieran, el derivar a una persona a una soledad perpetua seguiría suponiendo la provocación de un sufrimiento como represalia por una conducta cometida en el pasado, y no un programa de rehabilitación o resocialización de una persona que ha cometido un delito. Y es que las terribles consecuencias sobre la salud mental (a menudo irreversibles) son innegables. Si derivar a una persona a aislamiento irremediablemente supusiera que se le rompería algún hueso del cuerpo, de forma unánime se concluiría que supone un trato inhumano y degradante inaceptable. Ya va siendo hora que la salud mental reciba el mismo reconocimiento que la salud física.

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