201609.16
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Neuroderecho: El Desayuno del Juez

Por Lidia Posada, abogada

Una expresión popular norteamericana dice que “Justicia es lo que el Juez haya desayunado”. Este refrán no pasaba de mera chanza sobre la arbitrariedad judicial hasta el año 2011. Entonces la Academia Nacional de Ciencia de Estados Unidos publicó los resultados del experimento de tres científicos de la Universidad Ben-Gurión del Néguev titulado Factores externos a las decisiones judiciales”. Los científicos analizaron durante meses las decisiones de una comisión judicial israelí encargada de conocer las peticiones de libertad condicional de los/as presos/as.

El estudio llegaba a una simple conclusión: la justicia se ve influenciada por lo que haya desayunado el Juez. Los resultados revelaban que, al comienzo del día, las probabilidades de que el/la acusado/a obtuviera una sentencia favorable podían llegar hasta 65%, descendiendo paulatinamente hasta el 0% a lo largo de la mañana. Tras la pausa del almuerzo, las probabilidades de conseguir la libertad remontaban de nuevo hasta el 65%. Ahora el refrán es irrefutable.

Desde 2011 se ha publicado mucho sobre qué es y qué no es el Neuroderecho o Neuroley (Neurolaw). Existe cierto consenso en definir Neuroderecho como el estudio interdisciplinar de los efectos que tienen los avances en neurociencia sobre los estándares legislativos. En otras palabras, cuanto más sabemos sobre nuestro cerebro más se comprueba la incongruencia del arcaico e inflexible Derecho penal.

La culpa es del chachachá

El mediático neurocientífico, David Eagleman, saltó a la fama gracias a la miniserie documental The Brain producida por la BBC que él mismo protagoniza. Pero lo más interesante del Dr. Eagleman es su condición de cofundador del Center for Science and Law (Centro para la Ciencia y el Derecho) que desde hace años enfoca sus esfuerzos en promover una práctica forense a la altura del estado actual de la ciencia y denuncia la masificación de las cárceles norteamericanas.

En un artículo titulado The Brain on Trial(El Cerebro en Juicio), Eagleman recuerda el caso de Charles Whitman. Este estudiante de la Universidad de Texas asesinó a su mujer y a su madre la víspera del 1 de agosto de 1966. Por la mañana mató a 15 personas más e hirió a otras 32 en el campus de la facultad. Whitman murió abatido por la policía. Su nota de confesión decía: “Realmente no me entiendo estos días. Se supone que debo ser un hombre razonable e inteligente. Sin embargo, últimamente (no puedo recordar cuándo comenzó) he sido víctima de muchos pensamientos inusuales e irracionales”.

Cuando el médico forense examinó el cerebro de Whitman encontró un tumor del tamaño de una moneda. El tumor estaba presionando la amígdala del estudiante, alterando su percepción emocional. Según el profesor, el de Whitman es sólo otro caso más de los miles que demuestran que la mayoría de nuestras acciones no responden a un acto de voluntad, tal y como la entiende un Juzgado. A ojos de Eagleman el asesino de Texas fue responsable de 17 muertes pero no exactamente culpable.

Cuando un asesino se sienta en el banquillo, el sistema legal quiere saber si es culpable. ¿Fue su culpa o culpa de su biología? Considero que esa es una pregunta incorrecta. (…) Cuanto más sabemos, más se complica el concepto supuestamente sencillo de la culpabilidad, y más se tensan los cimientos de nuestro sistema legal”.

Según la abogada y profesora, Amanda Pustilnik, a los Estados democráticos les toca enfrentarse a un nuevo-viejo dilema: “Desde el momento en que la Ley ha asumido una norma social por la que sólo es correcto culpar al autor que tiene una capacidad mínima, entonces hay que hacerlo correctamente. Si sabemos que no lo estamos haciendo bien, habrá que corregir las estrategias de defensa (judicial). Y si decidimos que no queremos tener ninguna de estas categorías de eximentes porque «oh! El Derecho son sólo normas » (…) deberíamos ser honestos y eliminar estas formas de defensa para que no se conviertan en una trampa legal”.

Las aportaciones de la neurociencia están siendo cruciales para demostrar la ausencia absoluta de culpa en quienes actúan bajo la influencia de algunas sustancias. No sólo las drogas habituales. Uno de los efectos secundarios de una medicación contra el Párkinson conocida como pramipexole provoca en algunos/as usuarios/as conductas ludópatas patológicas. Para disgusto de casinos y bingos, el comportamiento compulsivo se soluciona reduciendo la dosis de los usuarios más sensibles.

El Neuroderecho también aporta nuevos métodos para el cuestionamiento de testigos o del concepto mismo de recuerdo. Permite, además, proponer nuevos programas de reinserción social adecuados a cada persona en los que cada sujeto puede decidir cómo ayudarse.

Las sombras de la luz

Pero la neurociencia también tiene sus sombras. La crítica más radical estriba en que la comunidad científica no cuestiona el marco normativo en sí, sino su congruencia. Trabaja sobre el statu quo. Desde esta perspectiva, por ejemplo, el método podrá responder a las preguntas de si la persona acusada robó o no; si lo hizo en un acto de plena consciencia; o si puede participar en un programa que la ayude a superar el impulso de robar en el futuro. Pero el método nunca llegará a plantearse si robar fue una conducta verdaderamente antisocial o no. Eso sigue siendo cosa de los gobiernos.

Por otro lado, no son pocos los científicos que proponen formas de conocimiento invasivas. Tanto física como psicológicamente. Muchos hablan de nuevos detectores de mentiras con electrogastrograma o, incluso, de programas de predicción criminal. Estos lunáticos de Minority Report se mueven en un terreno movedizo y sembrado de dilemas.

De momento las cámaras de la ciencia divulgativa enfocan hacia las personas acusadas. Pero, ¿y si nos damos la vuelta? ¿Qué hay al otro lado? El elenco de novedades sobre los procesos neuronales en la toma de decisiones revelan múltiples influencias externas. No sólo los clásicos prejuicios racistas, clasistas o machistas de las sentencias y la misma Ley, sino muchos otros. La luz, la temperatura corporal, el nivel de glucosa, etc., pueden afectar a la valoración de la prueba en juicio. También las internas. Recuerdos inducidos, asociaciones inconscientes, etc. Nadie queda a salvo.

La crítica a la institución judicial cuya legitimidad tantas veces ha cuestionado la ética y la política, encuentra ahora una nueva aliada en la ciencia empírica que no debe pasar inadvertida.

Gris oscuro casi negro

En el Estado español son pocas las publicaciones sobre Neuroderecho y menos los proyectos enfocados a renovar la práctica forense desde la perspectiva de la defensa. Sin embargo, sí existen proyectos que se valen de comprobaciones técnicas puestas al servicio de mejorar las condiciones de la población reclusa.

En las V Jornadas de Formación en la denuncia de la tortura y malos tratos la organización Plena Inclusión denunciaba que entre el 60% y el 70% de las personas con discapacidad intelectual llegan al centro penitenciario sin que se haya detectado previamente la existencia de la discapacidad. Es decir, su condición nunca fue valorada por un forense o un juez. Y lo más preocupante, la mayoría de las veces no es ni siquiera detectada por el/la abogado/a defensor/a.

Plataformas como la Coordinadora para la Prevención y Denuncia de la Tortura (CPDT), la Asociación Libre de Abogadas y Abogados (ALA) o la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía (APDHA), entre otras, denuncian las irreparables secuelas psíquicas del tiempo en prisión, sobre todo en régimen de aislamiento.

Está claro que algunas aportaciones del Neuroderecho pueden servir de ariete para golpear la obsoleta filosofía que sustenta el Derecho penal. Pero, por ahora, esta disciplina cuenta con más seso que músculo. Harán falta nuevas estrategias procesales que pongan en práctica los avances recogidos en los ensayos universitarios y algo de reflexión colectiva y popular para frenar las derivas posibilistas de los menos respetuosos con la libertad.

neurolaw

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