202006.07
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Black Lives Matter y las protestas contra el racismo y la violencia policial en EEUU

Por Daniel Amelang, abogado de Red Jurídica. Publicado en El Salto

El pasado 25 de mayo, George Floyd, un afroamericano de 46 años de edad, vecino de Minneapolis (Minnesota), intentó hacer una compra en un deli (una tienda ultramarinos) con un billete de 20 dólares que resultó ser falso. Nadie sabe si él era consciente de su falsedad, o no. El caso es que cuatro agentes de policía se personaron en el lugar justo en el momento en el que Floyd se metía en su coche, le sacaron al exterior a empujones y le esposaron. Según los funcionarios, Floyd se resistió a la detención, pero las grabaciones de una cámara de seguridad cercana desmienten su versión.

“No puedo respirar”: reminiscencias a Eric Gardner

Una vez en la calle, le tumbaron boca abajo sobre el asfalto. El policía Derek Chauvin, blanco, colocó su rodilla sobre el cuello de Floyd y apretó contra él todo su peso. Floyd le dijo “I can’t breathe” (“no puedo respirar”). Una frase directa, sin rodeos, con un mensaje claro: me estás matando. “No puedo respirar”, por cierto, fueron las mismas palabras que repitió hasta en ocho ocasiones, justo antes de morir, Eric Gardner, un neoyorquino negro asfixiado por la policía de su ciudad, en el año 2014. En aquel fatídico día un viandante grabó la muerte de Gardner y la difusión viral del vídeo generó todo tipo de protestas que terminaron por potenciar en el recién creado movimiento Black Lives Matter (“Las Vidas Negras Importan”), tanto en las calles, como en las redes sociales[1].

En el caso de George Floyd acontecido hace unos días, ocurrió algo parecido al caso de Eric Gardner: una persona que pasaba por allí se detuvo, sacó su móvil y publicó en directo la intervención policial en Facebook Live. En el vídeo se ve al agente Chauvin apretando la rodilla contra el cuello de Floyd durante 8 minutos y 46 segundos. Al principio, el detenido llora, suplica, le dice que no puede respirar y le pide por favor que le afloje. Chauvin permanece impasible, la indiferencia por la vida humana patente en su mirada, centrada en el vacío. Los llantos de George Floyd no le cabrean, le aburren. “Ya le has detenido, déjale respirar”, exclama un viandante en el vídeo. “Un colega murió de la misma forma”, dice otra persona. “Yo voy a morir así también”, espeta Floyd, a lo cual Chauvin le dice que se relaje. Floyd pide ayuda, pide agua, grita “¡mamá!” y le implora al policía “por favor, no me mates”. Nada de esto provoca ninguna reacción en él.

Los compañeros de Chauvin, los agentes Thomas Lane, Tao Thao y Alexander Kueng, no hacen nada por socorrer a Floyd mientras expira su último aliento. Al contrario, ayudan a inmovilizarle, agarrándole las piernas. Al final del vídeo, concretamente durante los últimos 2 minutos y 53 segundos en que el policía permanece presionando el cuello del detenido, Floyd ya no habla, ni se mueve. En esos momentos ya se encontraba inconsciente, o muerto.

Mientras Chauvin sigue apoyado sobre su cuello, la gente congregada empieza a protestar. Le dicen que está inmóvil. “¿Le han puto matado?”, pregunta, incrédula, una persona. El agente no se aparta de su cuello hasta que llega la ambulancia. Hielo en las venas y ausencia de compasión en sus ojos.

La violencia policial en EEUU y la cultura de la impunidad

El trágico asesinato sin sentido de George Floyd es una gota más en un mar de abusos, torturas y ejecuciones policiales contra minorías raciales en Estados Unidos.

La policía estadounidense mata a unas mil personas cada año[2]. De ellas, una cantidad importante la componen personas desarmadas. Y las probabilidades de morir en estas circunstancias siendo un varón negro superan en tres o cuatro veces a las de un blanco.

La organización Mapping Police Violence concluyó que en el año 2015 la policía mató a tiros a 104 personas negras que no portaban armas, lo cual indica que un hombre negro desarmado tiene un 400% más de probabilidades de ser tiroteado por la policía que un hombre blanco en las mismas circunstancias. En el caso de hombres latinos, las probabilidades de ser tiroteados son de casi un 100% más que la población blanca.  De estas 104 muertes de personas negras por disparos de la policía producidas en el año 2015, la Fiscalía solo acusó a los autores en 13 ocasiones, de las cuales solo 5 resultaron en condenas para los agentes. Ninguna de las penas superó los 4 años de prisión.

Según informa eldiario.es, “en el 99% de las muertes a manos de la policía, el agente responsable no fue siquiera imputado y en menos del 0,3% fue condenado”.

De Colin Kaepernick a Black Lives Matter: activismo contra el asesinato de personas negras por disparos de la policía

En el verano de 2013, en Sanford (Florida), George Zimmerman, un vigilante de seguridad blanco, disparó y mató al joven afroamericano de 17 años, Trayvon Martin, por pasear “sospechosamente” con la capucha puesta. La absolución de Zimmerman hizo estallar las redes con el hashtag #BlackLivesMatter. La activista Alicia Garza publicó en Facebook “Una nota de amor a la gente afroamericana”, que contenía el mensaje “nuestras vidas importan, las vidas de los afroamericanos importan”. El texto sentó las bases del movimiento Black Lives Matter.

Un año después, el policía Darren Wilson mató a Michael Brown en Ferguson (Missouri). La Fiscalía decidió no acusarle, pese a que la investigación reveló un nivel abrumador de racismo en el cuerpo – por ejemplo, el 85% de las personas paradas mientras conducían y el 93% de las personas detenidas eran negras, pese a que las estadísticas mostraban que las personas blancas tenían un 26% más de posibilidades de poseer drogas o armas ilegales. También se encontraron varios correos electrónicos con chistes racistas enviados entre desde cuentas oficiales de la policía. Ante la noticia de la decisión adoptada por el fiscal, Black Lives Matter organizó en las calles de Ferguson su primera gran manifestación y se presentó al mundo como un movimiento masivo.

Desde entonces ha organizado protestas en Baltimore, Chicago y decenas de ciudades a lo largo del país, cada vez que una persona negra era asesinada por la policía. Durante la campaña electoral presidencial de 2016, las activistas irrumpieron en actos tanto del Partido Demócrata, como del Republicano. Interrumpieron un discurso de Bernie Sanders, quien no se opuso a que tomaran el escenario y pronunciaran un discurso, lo cual fue visto por el entonces candidato Trump como una muestra de debilidad. “Si vienen a un acto mío, pelearemos contra ellos”, espetó. Unos días después acudieron a un mítin suyo y un miembro de Black Lives Matter fue salvajemente agredido, mientras algunos votantes de Trump lanzaban insultos racistas contra las personas concentradas. Mientras la policía se llevaba al lesionado, el candidato Trump exclamó desde el escenario que “en los buenos viejos tiempos los agentes le darían una buena paliza, pero ahora ya no. Aunque tal vez se merezca ser maltratado porque era absolutamente repugnante lo que estaba haciendo” [refiriéndose a protestar con un cartel].

Otro político republicano, Tim Scott, inició una campaña llamada All Lives Matter (“todas las vidas importan”). La derecha explotó su mensaje, sugiriendo que Black Lives Matter era una suerte de organización supremacista que infravaloraba las vidas de las personas no negras. La mismísima Alicia Garza tuvo que explicar en una entrevista que el énfasis sobre las vidas negras sirve para mostrar que no todas las vidas corren el mismo riesgo, que discutir cómo “cambiar Black Lives Matter a All Lives Matter es una demostración de cómo no entendemos realmente el racismo estructural en este país”.

Por su parte, el cuerpo de policía de Ferguson, tras los ataques recibidos por parte del movimiento cuando se revelaron sus correos electrónicos racistas, inició la campaña Blue Lives Matter (“las vidas azules importan”, en alusión al color del uniforme policial).

Por último, un colectivo de extrema derecha y supremacista blanco fundó en 2016 la organización White Lives Matter (“las vidas blancas importan”), que ha sido catalogada como un grupo de odio por ONG s como Southern Poverty Law Center.

El mes de mayor intensidad de Black Lives Matter fue el de julio de 2016, en el que se organizaron 112 protestas en 88 ciudades distintas. Ese mismo mes, las estrellas de la NBA LeBron James, Carmelo Anthony, Chris Paul y Dwayne Wade inauguraron el certamen de los premios anuales del deporte con un mensaje de apoyo al movimiento, reivindicando figuras de deportistas comprometidos como Muhammad Ali y Kareem Abdul Jabbar y reclamando el fin de las redadas racistas y de las políticas de disparar a matar. Sus palabras fueron recibidas con aplausos y vítores, evidenciando que el baloncesto es un deporte global (en la NBA compiten en este momento jugadores de 38 países distintos) con una clara mayoría de jugadores negros y en el que de manera casi unánime sus jugadores y entrenadores han proferido mensajes claros contra el racismo.

En contraste con la NBA, en la liga de fútbol americano – la NFL –, en la que tan solo un 2% de sus jugadores nacieron fuera de EEUU y cuyos fans se concentran en las áreas rurales del país, el nivel de tolerancia es muy inferior. Esto lo aprendió a las malas el quarterback vegano y activista antirracista de los 49ers, Colin Kaepernick, cuando días después del discurso de los jugadores de la NBA empezó a arrodillarse al inicio de los partidos, mientras sonaba el himno, como protesta contra la violencia policial.

No voy a ponerme en pie y mostrar orgullo por la bandera de un país que oprime a las personas negras y a las personas de color. Para mi, esto es más grande que el fútbol [americano] y sería egoísta por mi parte mirar hacia otro lado. Hay cadáveres en la calle y personas cometiendo asesinatos”, dijo para explicar su actitud. Poco después, en septiembre de 2016, la policía mató a Terence Crutcher en Tulsa (Oklahoma) y a Keith Lamont Scott en Charlotte (Carolina del Norte), y Kaepernick señaló que esto es justo a lo que se refería.

Su acto de arrodillarse mientras sonaba el himno generó una enorme ira entre los seguidores del deporte, que aumentó cuando unos periodistas descubrieron un día que llevaba unos calcetines que comparaban a la policía con cerdos. También recibió muchos mensajes de odio su pareja, Nessa Diab, vinculada a los Panteras Negras y, según los fans del deporte, la verdadera culpable de la actitud de Kaepernick (lo cual nos muestra, una vez más, que siempre es más sencillo culpar a la mujer). Cuando otros deportistas comenzaron a imitar sus protestas silenciosas durante el himno, la audiencia del fútbol americano bajó un 8%. Ahí fue cuando los propietarios de los clubes decidieron poner fin a la situación.

A finales de la temporada de 2016-2017, Kaepernick fue expulsado de los 49ers y, pese a ser un muy buen jugador, ningún otro equipo ha querido contratarle desde entonces. Ni siquiera accedieron a entrevistarle. Lo mismo le sucedió durante un tiempo a Eric Reid, el primero de sus compañeros en acompañarle a la hora de arrodillarse mientras sonaba el himno.

Pese a la lucha de miles de activistas y el apoyo de centenares de famosos, casos como el de George Floyd nos muestran que nos encontramos lejos de dejar estos sucesos trágicos como algo del pasado. Según un estudio del Washington Post, en el año 2019, 1.004 personas murieron tiroteadas por la policía. Y un alto porcentaje de las víctimas siguen siendo hombres negros desarmados.

“Justicia para George”

El día en que George Floyd murió a manos de la policía, se improvisó un pequeño memorial en una parada de autobús cercana al lugar de los hechos. El vídeo de su asesinato se había emitido en directo y multitud de personas se acercaron a presentar sus respetos al fallecido en cuestión de horas.

Al día siguiente, el 26 de mayo, arrancaron las primeras manifestaciones contra la violencia policial en Minneapolis. El Jefe de Policía reaccionó despidiendo a los agentes implicados, pero el silencio proveniente de la Fiscalía, que no revelaba si pensaba acusarles o no, era atronador.

Las protestas, formalmente, se convocaron contra el asesinato de Floyd y el silencio de la Fiscalía, pero lo que realmente subyace tras este gran estallido social es una terrible rabia contra siglos de racismo institucional, violencia policial, violencia económica y violencia urbanística dirigida sistemáticamente contra las minorías étnicas en general y las personas negras en particular. La tragedia de Floyd no fue más que la gota que colmó el vaso en un país que arrastra el bagaje de la esclavitud, las leyes Jim Crow y el exterminio indígena y que lleva años acumulando tensiones raciales.

Tras las manifestaciones de Minneapolis, se convocaron otras al día siguiente en centenares de ciudades por todo el país e, incluso, algunas en París y Londres. Y cuentan con el apoyo de la mayoría del mundo del deporte y de la cultura[3]. Deportistas como LeBron James y Gregg Popovich han mostrado su adhesión al movimiento en redes sociales; jugadores como Jaylen Brown (Boston Celtics) han participado activamente en manifestaciones; y Colin Kaepernick se ha ofrecido a pagar los gastos de abogados de las personas detenidas en manifestaciones.

Pero sin duda, el gran protagonista del mundo del deporte durante estos días ha sido el ex-jugador de la NBA Stephen Jackson. Jackson era amigo de la infancia de George Floyd. Crecieron juntos en Texas y, debido a su parecido físico, se llamaban “gemelo” el uno al otro. Tras oír la noticia del asesinato de su amigo, Jackson se desplazó a Minnesota para acudir a su funeral, donde pronunció un poderoso y emotivo discurso, en el que explicó que su hija de 6 años le pidió que no saliera de casa, porque la policía le podía matar. “Por eso he venido aquí, para intentar arreglar esta mierda. Ya no tengo más lágrimas. No puedo llorar más. Ya he llorado suficiente”.

Días después del estallido social, el Fiscal de Minneapolis decidió, tardíamente, ordenar la detención de Chauvin y sus compañeros y de acusarles de un delito de asesinato. Pero no por ello se ha puesto fin a las protestas, que muchas activistas consideran que marcarán un “antes y un después en la Justicia racial” del país.

El saldo de las protestas

Las protestas han sido de lo más variopintas. En centenares de barrios por todo el país, las vecinas se asomaron a sus ventanas a la misma hora, por la noche, con linternas encendidas durante 8 minutos y 46 segundos (el tiempo que permaneció Chauvin apretando el cuello de Floyd). En algunas manifestaciones, miles de personas se tumbaron en el suelo y gritaron “no puedo respirar”. Y en muchas ciudades ha habido saqueos e incendios de edificios, tanto públicos, como privados. La imagen más icónica de las protestas debe ser, sin duda, la de la comisaría de Minneapolis ardiendo.

Si bien la mayoría han sido pacíficas, algunas manifestaciones han sido violentas. En muchas ocasiones, la violencia ha sido ejercida a manos de la policía. Como sucedió en Atlanta, donde dos funcionarios rompieron la ventana de un coche, sacaron a una mujer y un hombre de su interior y les dispararon con una pistola táser[4]. Y, sin duda, en otras ocasiones, han sido las manifestantes quienes han ejercido violencia. Esto llevó al periodista ultraconservador Tucker Carlson (Fox News) a decir que “las peores personas de nuestra sociedad han tomado el control”.

Sin embargo, pese a los esfuerzos de algunas cadenas de televisión, por una vez la violencia no está siendo el centro del debate y se está hablando más sobre el mensaje que sobre las formas. Discursos contra el racismo y la violencia policial como el de la activista Tamika Mallory han corrido como la pólvora en las redes y han ayudado a que no se distrajera sobre qué es lo que realmente se está protestando: “La razón por la que se están quemando edificios no es solo por la muerte de nuestro hermano George Floyd. Es para decir a la gente que vive en todos los estados del país que ya basta. [… ] La ‘tierra de la libertad’ no lo ha sido para los negros. La violencia la hemos aprendido de vosotros”.

Por ahora, el saldo de las protestas es de más de 10.000 detenciones (un tercio de ellas en Los Ángeles y Nueva York) y 18 muertes (16 de ellas producidas por disparos).

Trump ante las protestas

La actitud del presidente Trump ante las protestas no podía ser más xenófoba, clasista y militarista. Primero tuiteó el eslogan “Ley y Orden” (el mantra con el que Nixon ganó las elecciones en 1969). Luego tuiteó “when the looting starts, the shooting starts” (“cuando empiezan los saqueos, empiezan los disparos”), una frase acuñada por Walter Headly –un jefe de policía de Miami conocido por su violencia hacia personas negras– en 1967[5]. Posteriormente, amenazó con movilizar al “todopoderoso ejército” para sofocar las protestas mediante la Ley de Insurrección de 1807.

A continuación, el mandatario anunció por su red social favorita que iba a dar la orden de que se investigara al heterogéneo movimiento antifascista como una organización antiterrorista y en una rueda de prensa informó de que el país estaba siendo atacado por “anarquistas profesionales, turbas violentas, pirómanos, saqueadores, provocadores de disturbios, Antifa y otros”.

Y, al día siguiente de tener que refugiarse en el búnker presidencial porque las protestas se encontraban, literalmente, a las puertas de la Casa Blanca, dio la orden de dispersar una manifestación pacífica con balas de goma y gas lacrimógeno para poder caminar hasta una iglesia cercana y hacerse una foto con una biblia en la mano.

En un momento en el que probablemente va a haber más conflictividad, hay una crisis de todos los instrumentos de mediación, gestión, el sistema multilateral, el derecho internacional, etc. Entonces, creo que una segunda presidencia de Trump pertenece al orden de la amenaza civilizacional” decía hace unos días en una entrevista Pablo Bustinduy. Y tiene toda la razón. Es innegable que la conflictividad y las tensiones van en aumento por el mundo y ahora mismo toca posicionarse más claramente que nunca del lado de las oprimidas, contra el fascismo y el racismo. Porque, como dice Angela Davis, “en una sociedad racista no basta con no ser racista. Hay que ser antirracista”.

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[1]La imagen de estrellas de la NBA como LeBron James portando una camiseta negra con letras blancas diciendo “I Can’t Breathe” en sus calentamientos pre-partidos sigue siendo recordada a día de hoy. Spike Lee también rindió homenaje a Gardner cuando trascendió que murió de la misma manera que Radio Raheem, uno de los personajes de su película Haz lo que Debas (Do the Right Thing). Y el periodista Matt Taibbi (autor de La Brecha, editado en castellano por Capitán Swing) publicó un libro sobre el racismo institucional y sistémico en EEUU titulado I Can’t Breathe.

[2] Por contrastar, en Alemania la policía mata a diez personas cada año. Según el INE, la policía española no mató a nadie en 2019.

[3] La excepción más notable en el mundo del deporte al apoyo casi unánime a las protestas vino de parte del jugador de fútbol americano Drew Brees. Publicó un post en Instagram diciendo que “nunca se podría poner de parte de quien no respetara a la bandera de EEUU” y varios jugadores, incluidos compañeros suyos de equipo, se echaron a su cuello y le criticaron duramente. Al día siguiente, Brees pidió disculpas por su comentario y reconoció que había sido “insensible”.

[4] Amnistía Internacional ha publicado un comunicado contra el uso excesivo de fuerza y las estrategias militares dirigidas contra manifestantes.

[5] Headly fue conocido en todo el país por sus duros métodos – palizas y perros – contra los “delincuentes de los barrios negros”, en sus propias palabras. La frase de “cuando empiezan los saqueos, empiezan los disturbios que acuñó en 1967 fue repetida al año siguiente por el gobernador de Alabama George Wallace, conocido por sus políticas segregacionistas y supremacistas blancas, durante la campaña electoral. En 1979 Wallace se arrepintió públicamente de su pasado racista.

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