201904.09
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Censura musical: la lucha por cantar lo que nos dé la gana en Estados Unidos

Por Daniel Amelang. Publicado en Público

En Estados Unidos tú en la portada del disco pones ‘Parental Advisory’ y puedes decir lo que te salga de los huevos, porque tú ya avisas”. Esta frase la profiere el cantante Arma X en el documental sobre (la falta de) libertad de expresión Tijera contra Papel (2018), comparando el desolador panorama de represión contra artistas que estamos viviendo actualmente en España con el respeto a la creación artística que predomina al otro lado del charco.

Si bien tiene razón el rapero, conviene recordar que esto no siempre ha sido así. Y es que todos los derechos se conquistan luchando por ellos y la libertad de expresión no es una excepción.

Padres y madres contra el heavy metal

Todo empezó en 1985, cuando Mary Gore, conocida como Tipper Gore (por aquel entonces esposa del que sería vicepresidente del país, Al Gore), pilló a su hija de once años escuchando un disco de Prince. Cuando el tocadiscos llegó al tema “Darling Nikki” y sus nada veladas referencias a la masturbación (“I knew a girl named Nikki I guess you could say she was a sex fiend, I met her in a hotel lobby masturbating with a magazine”), Tipper supo que tenía que hacer algo para proteger la moralidad de las jóvenes de América. Por eso fundó ese mismo año la Parents Music Resource Center (PMRC), un lobby de padres y madres en defensa de los valores tradicionales.

Lo primero que hizo la PMRC tras su fundación fue listar quince canciones que consideraban “inapropiadas”; la mayoría de ellas de heavy metal, un género nuevo que, por sus gritos agudos e histriónicos solos de guitarra ponía los pelos de punta a los sectores más conservadores del país. Puesto que la PMRC no lograba llegar a ningún tipo de acuerdo con la Recording Industry Association of America (RIAA), el conflicto se debatió en una sesión especial del Senado norteamericano el 19 de septiembre de 1985. Artistas reconocidos como Frank Zappa y Dee Snider acudieron a testificar ante los senadores, verbalizando posturas contra la censura. La mítica declaración de éste último, con sus llamativas pintas y camiseta sin mangas, dirigiéndose un tono sobrio y reivindicativo a la Cámara, ocupa un destacado puesto en la enciclopedia de historia de la cultura pop occidental.

Finalmente, dos meses después, la PMRC y la RIAA alcanzaron un acuerdo: los discos con letras explícitas (véase con letras violentas, malsonantes, sexuales, etc) llevarían una etiqueta de Parental Advisory, advirtiendo a los padres y madres que sus hijos podrían exponerse a canciones con contenido inapropiado. Pero una vez que los discos mostratran esa etiqueta, como bien señala Arma X, podrían decir lo que les saliera de las narices.

No todo el mundo estaba contento con esta solución. Dee Snider, por ejemplo, se posicionó muy en contra de clasificar canciones por el contenido más o menos explícito de sus letras y el tema “We’re not gonna take it”, compuesto por su grupo, Twisted Sister, un año antes, se convirtió en un auténtico himno contra la censura: “We’ve got the right to choose it, There ain’t no way we’ll lost it, This is our life, this is our song. We’ll fight the powers that be just, Don’t pick our destiny ‘cause, You don’t know us, you don’t belong. Oh we’re not gonna take it, No, we ain’t gonna take it, Oh we’re not gonna take it anymor. Oh you’re so condescending, Your gall is never ending, We don’t want nothin’, not a thing from you. Your life is trite and jaded, Boring and confiscated. If that’s your best, your best won’t do”.

La llegada del hip-hop

Una vez alcanzado el acuerdo entre las partes, la paz llegó al mundo musical. Pero no fue duradera. Porque si un grupo de artistas chillones y predominantemente blancos habían escandalizado a parte de la opinión pública, el hip-hop, nacido en el Bronx en los 70 y desarrollado y perfeccionado en todos los guetos de la Black America en los 80, generaría el mismo efecto pero elevado a la enésima potencia debido a su estilo punzante. Y es que, como dice Nas, “el hip-hop es la calle. Es una música que te habla con urgencia. Te habla de tu vida, sin cortarse. Es directo, contundente y crudo. Su ritmo y sus palabras vienen directos de la calle”.

Podríamos hablar de la censura sufrida por NWA por cantar su canción “Fuck the Police” (relatada en la película Straight Outta Compton, 2015) o la criminalización de los Public Enemy por sus letras reivindicativas (descrita con precisión por Chuck D en su libro Fight the Power, 1997), pero quizás el episodio más relevante fue el que vivieron los 2 Live Crew.

2 Live Crew, una banda de hip-hop surgida de Florida, publicó en 1989 su tercer álbum, As Nasty As They Wanna Be, un disco absolutamente plagado de referencias sexuales con un fuerte carácter machista (“Girls always ask, me why I fuck so much, I say “What’s wrong, baby doll, with a quick nut?”, ‘Cause you’re the one, and you shouldn’t be mad, I won’t tell your mama if you don’t tell your dad, I know he’ll be disgusted when he sees your pussy busted, Won’t your mama be so mad if she knew I got that ass? I’m a freak in heat, a dog without warning. My appetite is sex, ‘cause me so horny”).

La American Family Association (AFA) consideró que la etiqueta del Parental Advisory no era un mecanismo suficientemente potente como para alejar a sus hijos e hijas de la exposición a sus depravadas letras. Tras mediar con el Gobernador de Florida, consiguieron que dos de los raperos fueran detenidos durante un concierto y acusados de violar las Leyes Federales contra la Obscenidad. Poco después, el juez Jose Gonzalez consideró que el disco era “obsceno” y que venderlo, en consecuencia, era constitutivo de un delito.

Dos días más tarde, Charles Freeman, el regente de una tienda de música, fue detenido por vender el disco a un agente de policía encubierto.

Las acusaciones de obscenidad, especialmente de obras no visuales (como una película o una fotografía), son poco frecuentes en Estados Unidos. No cuentan con un estándar nacional, por lo que cada juez tiene que decidir, caso por caso, si un texto se puede considerar “obseceno”. Sucedió, por ejemplo, en 1957, cuando dos amigos del poeta Allen Ginsberg fueron detenidos y juzgados por vender copias de poemas suyos, repletos de referencias a pornografía, homosexualidad y el consumo de drogas. Finalmente, fueron absueltos por el Tribunal Supremo de California.

La comunidad entera del hip-hop se volcó con 2 Live Crew durante el recurso contra la sentencia que criminalizaba su obra. También lo hizo buena parte de la sociedad civil. En la nueva vista, testificó a su favor, como perito, el profesor Henry Louis Gates Jr, quien defendió que el contenido de sus letras formaban parte de la cultura afroamericana y que merecía ser protegida.

Finalmente, en 1992, la United States Court of Appeal for the Eleventh Circuit estimó el recurso de apelación y revocó la condena por obscenidad contra los raperos de Miami. “Gracias a esa sentencia, podemos decir lo que nos dé la puta gana”, suspira, aliviado, un compañero suyo en una capítulo de la serie documental Hip-Hop Evolution (2016-2018).

La represión al hip-hop en el mundo actual

Las cosas se han calmado en ese lado del Atlántico, pero el rap es ahora un fenómeno global. Se canta en todas partes, generando hordas de fans pero también de detractores, los cuales, a veces, se encuentran en posiciones de poder.

En un programa de Netflix, Patriot Act (2018-2019), el cómico estadounidense Hassan Minhaj dedicó un episodio entero al hip-hop. En su programa comentó que “alrededor del mundo entero, el rap se está convirtiendo en una forma de disentir contra regímenes opresivos. Y esos regímenes han respondido deteniendo a raperos. Esto ha ocurrido en Turquía, Tanzania, Angola, Malasia, Marruecos e incluso en España”, haciéndose eco de casos como los de Valtònyc, Pablo Hásel o La Insurgencia.

Evidentemente, el rap no tiene que gustar a todo el mundo y podemos disentir del contenido de las letras de muchas de sus canciones. Pero quizás deberíamos aprender algo de la jurisprudencia estadounidense y aumentar el respeto por la libertad de expresión. Y es que ésta no debe quedar reservada a los puntos de vista considerados correctos, sino que se debe aplicar a todas para todas las ideas, incluso las que se consideran ofensivas. Porque, como dice el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, “es precisamente cuando se presentan ideas que ofenden cuando la libertad de expresión es más preciosa”.

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